514. MIS PROBLEMAS CON EL PIANO
Fidel del Castillo Díaz | Fidelius

El día que decidí aprender a tocar el piano comenzaron mis problemas. Con el piano, digo, con la justicia ya los había tenido antes. Y los problemas con la bebida venían de mucho antes. Pero eso es otro cantar. Mejor dicho, otro tocar. El primer problema fue el piano o, para ser exactos, la ausencia de este. Así que me fui al Carrefour; tenían batas de cola, latas de cola, pegamento de cola, pero no tenían pianos de cola. Me fui al Aldi pero no tenía moneda para el carro y ni entré. Me fui al Lidl pero estaban agotados, aunque me compré una bata-manta que estaba de oferta. Entonces me lie la bata-manta a la cabeza, me fui a La Casa del Piano y me compré un pedazo de piano de cola que alucinas.
El primer problema fue subirlo a un cuarto piso sin ascensor. Pero con una furgoneta, el chófer, dos fornidos mozos, el camión grúa, el gruista, el guardia urbano para regular el tráfico, el herrero para cortar y luego soldar la barandilla del balcón, el albañil para agrandar la entrada y el carpintero para el nuevo cerramiento de aluminio –por suerte el anterior estaba hecho un asco– se solucionó. También hubo un problemilla con la portera cuando subió el afinador, porque había fregado y pisó fuera de los periódicos, pero nada del otro jueves. Entre otras cosas porque era martes.
Y por fin, ahí estaba. Levanté la tapa, hice pipí, tiré de la cadena y la volví a bajar. Llevaba un rato largo aguantándome. Y por fin, ahí estaba, ahora sí, sentado al piano. Levanté la otra tapa, levanté el antebrazo, levanté el dedo índice y pulsé una tecla. Un sol solemne llenó la habitación. Me levanté todo yo a cerrar las cortinas pues resultaba bastante molesto. Volví al piano y volví a pulsar una tecla. Era un mi. Grandes pianistas habían comenzado con un mi, pensé, como por ejemplo Miles Davis.
Pero después llegaron los verdaderos problemas. El preludio nº 1 en do mayor de Bach hizo honor a su nombre y fue el preludio del fin. Luego vinieron los problemas con Elisa, la de Beethoven. Con los cisnes del lago de Tchaikovski, que a punto estaban de ahogarse a cada arpegio. Con el nocturno de Chopin, no lo veía. Ni la luna, claro, la de Debussy. La fantasía en fa menor de Schubert era eso, pura fantasía. El sueño de amor de Liszt me quitaba el ídem a mí y a todo el vecindario. Ni siquiera la canción de cuna de Brahms les ayudaba, más bien al contrario. La marcha turca de Mozart parecía un paseo. Y la inspiración se me ponía en fuga más que en tocata cada vez que me enfrentaba a Bach.
Lo dejé. A fin de cuentas, la armónica no está tan mal y ocupa menos sitio. Un día de estos me paso por el Corte Inglés.