1006. MIS VECINOS
Raquel Cordero Mahugo | ESTHER GREENWOOD

Si me rio porque me rio y si lloro porque lloro, el caso es que nunca sé como acertar. La vida se compone de momentos malos, muy malos y a ratos, menos malos, esto es así le pese a quien le pese y lo diga quien lo diga, pero aquella mañana me levanté con mejor humor y decidí por una vez, por una sola vez, no tener ningún mal gesto, ni una sola mirada desafiante, un tan solo un gruñido. Me vestí y salí dispuesto a comerme el mundo. Aquel día, a diferencia del resto, encendí la luz del rellano para que todos supieran que me disponía a irme mientras encendí la luz del rellano y es que suelo llamar al ascensor a oscuras puesto que mis vecinos parecen esperar escondidos tras sus puertas a que yo entre en el ascensor para salir volando con un grito de “uy, vecino, espera que yo también bajo”. No comprendo el extraño motivo que los lleva a querer compartir conmigo el ascensor, pero esto sucede así cada mañana. Aquel día, caminé pisando fuerte, di un sonoro portazo, carraspeé e incluso tarareé una cancioncilla a la espera de que el vecino del B saliera veloz cual rayo a montarse conmigo, pero no sucedió, no salió, así que tras esperar un minutillo de cortesía entré en el ascensor y en vez de marcar el cero a la velocidad de la luz para evitar que mis vecinos parasen el aparato a mitad de camino, decidí, sí señores, yo mismo, quien me ha visto y quien me ve, pulsar una a una cada una de las plantas desde mi noveno piso hasta el bajo a la espera de que los ocho vecinos, he dicho ocho, que cada mañana tienen por bien ir cesando mi descender me acompañasen, pero mi sorpresa minúscula se convirtió en mayúscula al comprobar planta tras planta que nadie, y digo nadie, ni el señor pesado quinto, el del perro que me lame, se subiera. De hecho, en los breves segundo que dura el viaje eché de menos a la señora de los rulos, esa que baja la basura a las seis de la mañana, y al del primero que aun con el cinturón sin abrochar y un zapato a medio poner se tira al interior del habitáculo. Tuve aún tiempo entre parada y parada, planta a planta, de pensar cómo es posible que en un ascensor de seis plazas tan viejo y destartalado entremos cada mañana la friolera de ocho vecinos y dos perros. Sorprendido y para entonces con la sonrisa ya petrificada en mi rostro, vi con sorpresa que el conserje no estaba, y decidido, y solo, atravesé el portal, me giré y allí estaban todos café en mano, saludándome desde sus ventanas riendo a carcajadas y cuando me alejé, solo entonces, la señora de los rulos se dignó a gritarme “a dónde vas, desgracio, si es fiesta” Mis queridos vecinos siempre alegrando mis mañanas.