Mona
karen Garcia Orges | Mimi

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«-Sara Soriano. Pase.

Su turno. Había dejado la silla caliente, de la espera y la tensión. El respaldo algo húmedo, aún y el aire acondicionado pasado de frigorías, para ser mayo.

Le costó horrores levantarse. Tuvo que hacerse con la técnica de deslizar isquiones hasta el final de la silla, apretar los labios entre las mandíbulas, apoyar las manos y casi dejarse caer, para alzarse flexionando las rodillas.

-Buenas.

-Buenas. Sara Soriano, ¿es su primera vez?- preguntó el doctor al entrar la paciente.

-Sí.- apenas con un hilo constreñido de voz.

-Tome asiento.

-No. No puedo. Mejor de pie. Luego me cuesta levantarme.- Sara, sentía un calor por la espalda, sobraba la camiseta y mucho más la sudadera ancha, del mercadillo.

-De acuerdo. Como quiera ¿Qué le ha pasado?- apenas la miraba el doctor, atento a la base de datos y la ficha en la pantalla.

-Mmm no, mejor no. Me da vergüenza.- Contestó Sara, en seco.- Prefiero evitar esa información.

Entonces, fue cuando el doctor la miró, al fin, por encima de sus gafas, girando el cuello de forma repentina.

-Señorita, tengo muchos años en la profesión. Le aseguro que he visto de todo. Pero de acuerdo. Dígame, ¿Dónde le duele?

-En el coxis. No puedo sentarme.- Dijo mascullando, en una ola de irradiación del dolor hacia las piernas y el útero.

-De acuerdo. Túmbese en la camilla. Sáquese el pantalón.

Sara, se descalzó usando sólo los pies. Desató el cordón de la cintura del pantalón. Éste cayó sin freno hasta los tobillos. Pisándolo, zafó las piernas y lo apartó con el pie hacia un lado.

Apretando todos los músculos, del cuello, cervicales, barriga, todo, se apoyó boca abajo en la camilla, dejando la espalda descubierta para la revisión.



-Dígame, ¿le duele aquí?- El doctor tanteaba sigiloso el sacro de Sara. Al llegar al coxis, sólo de apoyar su mano, ella vociferó un alarido cuál últimas contracciones de parto.





-Sara. Sara. ¿Me oye?- Repetía el doctor a la chica, mientras ésta abría los ojos.- Se ha desmayado. Mire de incorporarse, poco a poco.



Sara, balbuceaba apenas sin aliento.

-Mona. Se llamaba Mona.- decía la chica, apenas abriendo los ojos- Me tiré por un tobogán. Era de esos antiguos, de hierro. Terminaba en una la losa de hormigón. No calculé bien poner los pies- Hablaba, a trompicones, agarrando al doctor por el cuello la bata y acercándose la nariz a la suya.- ¿Me entiende doctor? ¡Era mi amiga! ¿Qué voy a hacer ahora? Tiene que ayudarme, doctor.



-¡Señorita! Dígame, cálmase, y dígame, ¿qué la tiene así? Se ha dado un golpe en el coxis, pero ¿qué es Mona? Tiene que tranquilizarse- se zafaba el doctor, apoyando, con suaves golpecitos, su mano en el hombro de la chica.

Sara sacó del bolsillo de la sudadera un pedazo de carne oscura, de un palmo, sangrienta, como un cordón umbilical seco.

Sollozando, derrotada, dijo:

-Mona era mi cola. Mi amiga desde que nací. ¿Podrá pegármela, doctor?









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