1249. MONÓLOGO: AYUNO INTERMITENTE
Sergio Gonzalvez | James Team

Muy buenas noches, por decir algo, porque vaya rachita llevamos. Yo intento no desanimarme, de verdad, pero es que me han cambiado hasta los andares ( camina y se le caen los pantalones). Con la subida de los precios, he empezado con el ayuno intermitente: hoy como; mañana, no.
Diréis que esa tripa no es de pasar hambre. A ver, (poniéndose de perfil), que en el ayuno intermitente se puede beber líquido y la cerveza ¿qué es?: un “líquido alimento” y, oye, encima es de lo poco que no ha subido con la inflación. Pero espérate ahora con la guerra de Ucrania. El 20% de los cereales del mundo viene de Rusia y de Ucrania. Yo me acordé de los que desayunan Choco Krispies. Hasta que mi primo me dijo:
—Juan, no seas burro, que la cerveza está hecha de malta y cebada.
Mira, me entró un tembleque, unos sudores fríos, que llamaron al 112. Me trajeron una Mahou y recuperé las constantes vitales.
Y ahora encima la huelga del transporte. Dicen que en los supermercados están vacíos. Y no es como en la pandemia. Ahora hay papel higiénico, porque ya estamos de mierda hasta el cuello y limpiarse el culo es lo de menos, pero falta leche —que no mala leche—, pescado, carne… Sin camiones, en Galicia se ponen ciegos a marisco.
Esta mañana, el mercado de mi barrio parecía la jungla. La gente saliendo con cuatro carros de comida cada uno.
—Pero hijo mío, ¿dónde vas? Ya te indigestes con un yogur caducado —le grité a uno, que encima me arreó una hostia.
Con el ojo morado, cogí el coche y me fui a un supermercado. Se me abrieron las carnes. ¡Ni un carro libre! Robé uno disimuladamente en el pasillo de los tampax. En la sección de los lácteos solo quedaban tres botellas de leche en polvo de cabra del Himalaya. a 10 euros el litro. Y en las verduras, ná, ná, ná … ¡Nabo! Que solo había nabos y patatas. Mi pisto y potaje a la mierda. Ni olivas. ¿Con qué iba a acompañar yo la cerveza? ¿Con nabos?
Ahí me dio un bajón, hasta que una joven me señaló y pensé que mi suerte había cambiado. Pero no, era la dueña del carro de los tampax, que se estaba chivando a los seguratas. Corrí hasta mi zona de confort: el pasillo de las bebidas espirituosas.
Abrí una lata de Heineken -no es Mahou, pero tiene un pase-, y me quité quince años de encima. Con cintura, esquivé a los agentes (imita los movimientos), me peleé con una anciana por una bandeja de pollo y en un reverso cogí al vuelo unos yogures wasabi. En el pasillo de las teles me acorralaron hasta que un apagón me permitió escapar con mi compra. Una pena no haber cogido la leche en polvo de cabra del Himalaya. Buenas noches.