Mr.Lee
Alonso Saiz Mira | Alonso

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Era un jueves de marzo, Mía y yo solo queríamos saltarnos la clase del profesor Jucho. No sabéis lo tortuoso que resulta estar en una clase de cinéfilos que repiten en manada que Pulp Fiction es un puzle que hay que juntar. Efectivamente, ese día no estaba el horno para bollos y ambos nos levantamos con ganas de ser vividores. ¿Suspenderíamos el examen de la semana que viene? Probablemente. Pero a quién le importaba. Dos veinteañeros solo necesitan la serotonina del sol y no se preocupan a corto plazo. Además, ese día me quedé dormido y unos pajarillos de Madrid Río que gorgoreaban al estilo de Mariah Carey me despertaron. Así que hice videollamada con Mía y la pregunté. Me dijo que se acababa de tomar un café y que mínimo iba a estar quince minutos en el baño (quien tenga colon irritable lo entenderá), por lo que ir a primera no entraba en su porra de cosas que hacer aquel jueves. Después de un brainstorming nos dio por ir a la sierra. Esa fue la primera vez que decidimos saltarnos clase para ir a Cercedilla. Subimos en el autobús verde y nos sorprendió ver que estábamos solos, bueno, solos no, también había un par de señoras que iban con sus palos de trekking. Nos pusimos un casco cada uno y sonó Mr.Lee, una canción de los años cincuenta que tiene esa dualidad de la música vintage de parecer ñoña y tétrica a la vez. Seguimos el trayecto con música retro y nos recordó a la peli de Cuenta conmigo. ¿Estaríamos viviendo nuestra Stephen King experience? ¿Nos toparíamos con un cadáver por el camino? Tanto Mía como yo brillamos por la cantidad de pensamientos intrusivos que tenemos por segundo. Así que desvariar era una forma más de entretenimiento.

Llegamos a Cercedilla, quedaba una mesa libre en el Bar Venus y estaba repleto de señoras cotorreando mientras desayunaban café con churros. Decidimos unirnos al club de las jubiladas y nos sentamos a su lado. Apareció él camarero, se llamaba Leandro, era de Argentina y desprendía un aura de galán de Hollywood. Nos preguntó que si éramos hermanos, a lo que respondimos que no. Luego nos preguntó que si éramos pareja, a lo que volvimos a responder con una negación. En ese momento me quedé atónito con su tarjeta de empleado en la que ponía «Lee» (abreviatura de Leandro y una casualidad demasiado escabrosa). Una hora después pedimos la cuenta y nos recomendó ir ala Casona de Navalmedio, un idílico hostal famoso por su caldo de pollo. Decidimos no ir. ¿Quién narices se iba a meter entre pecho y espalda un caldo de pollo a veinte grados? Nosotros no. Así que paseamos por un prado de ensueño y regresamos a Moncloa para zamparnos una smashburger. Una semana más tarde el titular de «Detienen a un camarero que hacía caldo con sus víctimas» resonaba en todos los medios de comunicación. Quizás, esas pellas si que cambiaron nuestras vidas.