856. MUERTE EN LA AUTOPISTA
Luz Marina Sarmiento Cardozo | Marie Curie

MUERTE EN LA AUTOPISTA

En mi casa éramos muchos. Una familia numerosa. Como era de esperarse, en la casa, ni la cocina ni el horno ni la lavadora ni la televisión, descansaban. La lavadora fue la primera en emanciparse. Una lavadora grande, muy vieja, con un sonido espantoso, tan familiar como los gritos de la abuela. Llevaba con nosotros toda la vida. Le teníamos un afecto especial. Una paciencia de madre cuando le daba por hacer mucho ruido o saltar como un trompo. Hasta que un día reventó. Fue por la centrifugada, pasaba cuando iba por el último ciclo. Esta vez se nos fue de las manos, comenzó de a poco, a una velocidad media. Empezó a vibrar, a dar saltos, a emitir chasquidos como si estuviera poseída por un ente diabólico. Aceleró. La abuela corrió hasta el salón de servicios atraída por el estruendo de la lavadora. Al verla en tal estado, se montó sobre ella para amortiguar los saltos. No era la primera vez que la abuela la montaba. Pero fue en vano. Entre más grande la centrifugada, mayor velocidad y más brincos daba. La abuela, como si hubiese sido atacada por el mal de san vito, no paraba de gritar. Por susto o por placer, quién sabe. La lavadora la batuqueaba sin control. Por fin, con el abuelo logramos bajarla y ponerla a salvo. El aparato empezó a desplazarse. Salió de su zona de servicios, dando tumbos cruzó la calle y tomó camino por una vereda. Busqué pararla, pero su mecanismo de encendido y apagado no funcionaba. En un intento por domar al animal, como se amansa a un toro salvaje, traté de montarla. La maldita se resistió, aceleró el batuqueo y me lanzó contra el piso. Ante la inminente tragedia, la familia se reunió, discutió sobre la gravedad del asunto y fue tras ella. Mientras, los del vecindario salieron de sus casas para verla pasar desbocada, camino abajo. Atrás iba dejando un sendero de medias, camisetas, calzoncillos y bragas. Unos gritaban. Otros no dejaban de insultarla al ver que no paraba… ¡Pues que se vaya a la mierda! Sin embargo, la seguimos, se dirigía a la autopista. En el semáforo se detuvo sin dejar de sacudir sus aspas. Ya era tarde. No reparamos en un camión de carga que se acercaba a gran velocidad. Sospechando suicidas intenciones, soltamos un chillido de terror. La lavadora no se inmutó, dio un salto y se lanzó a las ruedas del camión. El ruido de las cornetas y de los gritos fue opacado por el alarido metálico de las poleas, del tambor, los resortes y la carcasa blanca. Arrastrada sin contemplación, la lavadora desprendía una estela de chispas luminosas por toda la calzada. En la orilla, al extremo derecho de la vía, lo que parecía un cadáver de lata retorcida, aún emitía un incomprensible gemido de dolor.
Marie Curie