170. MUERTOS
ALMUDENA GARCÍA MARTÍN | ALMUDENA GARCÍA

La cara del portero era un poema. Miró pasmado al cliente recién llegado, tragando saliva para intentar ahogar el grito. Y eso que no era el primer muerto que llegaba esa noche al restaurante. Minutos antes lo había hecho una muerta. Ésta había llegado, al igual que ahora lo hacía el hombre muerto, como salida de la nada, caminando lentamente, como si el aire no la tocara.

El metre, un hombre curtido desde chaval en la hostelería de La Latina y Tirso, permaneció impertérrito ante la entrada del muerto. Había visto cosas más extrañas en los ochenta. Bajó la mirada y, haciendo un gesto con la mano izquierda para indicarle el camino, acompañó al muerto hasta la mesa donde esperaba la muerta.

El muerto se sentó enfrente de la muerta. Permanecieron en silencio sin dejar de mirarse. Sin moverse. Sin Tocarse. Como si llevaran una eternidad esperando el momento de besarse. El muerto levantó la cabeza para agradecer al metre la copa de vino que le servía. Una gota color sangre manchó el mantel.

En el local, aunque estaba lleno, nadie se percató de la presencia de la pareja muerta. Todos comían y bebían sin disfrute aparente. La muerta sonrió seriamente para decirle al muerto lo bonito que era el sitio, que estaba muy a gusto y que muchas gracias por encargarse de la reserva. El muerto abrió un poco los ojos para responderle a la muerta que no había sido nada, que estaba guapísima y que se había decidido por ese local por las excelentes reseñas de internet. Rieron por dentro, como ríen los muertos.

Es curioso… dijo sin hablar la muerta mirando con disimulo las demás mesas. ¿Sabrán que de repente un plato de comida será su último plato de comida? ¿Sabrán, dijo el muerto, que de repente, justo después de la última mirada de amor, sólo se ve la nada?

El metre colocó en el centro de la mesa el plato de entrante a compartir que incluía el menú. El olor de las setas era delicioso. Unas suculentas craterellus cornucopioides.

De primer plato el muerto pidió verdura. La muerta, pescado, alegando que no le apetecía nada que tuviera sabor a tierra. El muerto rio sonoramente haciendo chocar sus huesos desnudos sobre la mesa. Hacía siglos que no me reía tanto, dijo el muerto. ¡Exageras!, exclamó sin poder parar de reír la muerta.

Los dos muertos coincidieron en que de segundo plato comerían carne. Muy poco hecha. Sólo pidieron que no estuviera fría.

Los corazones del resto de comensales sonaban a máquina de escribir, cuando deberían sonar como un piano apasionado, pensaron con tristeza los muertos.

De postre, Tarta de Chocolate, con dos cucharillas, por favor.

El metre llenó por última vez la copas, preparándolas para el brindis final. Por la vida, supongo, dijo el muerto. No, replicó la muerta… Por saber vivirla.

Los dientes tintinearon al rozarse cuando se besaron.

El muerto pidió la cuenta sabiendo que, antes de que la trajesen, ellos ya no estarían allí.