254. MUJER LAGARTO
Carolina Traub | Caro Traub

Ahí está, el mismo al que superé hace seis meses, veo el espejo en el techo y el jacuzzi al fondo. Siento algo enroscado en mi pie. Qué emoción descubrir que son mis bragas, puedo levantarme más digna para buscar mi ropa esparcida por la habitación del Motel Palomos.
Si hubiésemos sido novios sería más fácil, pero salimos un mes y lloré sola cuando quiso ser amigos. Se mueve, tenemos una conversación incómoda sobre lo bien que lo pasamos, que termina conmigo dándole una palmadita en la cabeza.

Salgo, por fin ha terminado. Recuerdo que hoy de madrugada vi un camino con cabañas como la nuestra, separadas por un portón de madera como este frente a mí, necesito salir por ahí para llegar a la entrada. Entre la puerta de la cabaña y el portón, hay un aparcamiento. Llevo diez minutos en la búsqueda inútil del botón o manilla, rodeo las paredes y reviso el portón completo por si está camuflado. No aparece. Necesito salir. No quiero volver a entrar. Ajusto la mochila en mi espalda y tomo la única alternativa posible, tengo que pasar por debajo.
Elegí mi vestido de terciopelo porque él vendría, yo me vería guapa y lo rechazaría, ilusa, ojalá no se rasgue. Me agacho y estiro un brazo, no estoy segura de que quepa mi culo, espero que esté lo suficientemente flácido para adaptarse a la rendija entre el suelo y la puerta. Apoyo el resto de mi cuerpo en el suelo y tengo la mitad izquierda afuera. Me afirmo con las yemas de los dedos y tiro de mi tronco, pero no avanzo, intento retroceder, no puedo. Siento como mi mochila se aprieta contra el portón.
Estoy de cara contra el suelo. Lo superé y la próxima vez que me vea, será con la mitad de mi cuerpo estancado bajo un portón, arrancando sin éxito, con una mochila que se aferra indigna con fuerza bajo la puerta. No. Tiro con desesperación.
¡Ha pasado!
Estrujo mi trasero contra la reja y me agarro con más fuerza, tenso incluso mi cuello, pero los músculos de mis nalgas se endurecen y les cuesta salir. La imagen de quedar atrapada por el culo es incluso peor que por la mochila.

Lo relajo y pasa.

El vestido está cubierto de tierra y se ha subido hasta la espalda. Camino veloz pero digna, que no vean que huyo de la habitación, del sexo mediocre y de la cuestionable decisión de verlo.
Llego a la caseta de entrada, le digo al guardia que quiero salir y pregunta si acaso me voy sola, no menciona cómo salí, pero noto que tiene televisores que apuntan a la salida de cada cabaña. Me dice que debe informar a mi acompañante. Llama. Corta. Abre. Debe querer asegurarse de que no lo maté. He salido sola, sucia y arrastrada con las marcas de un portón en el culo.
Cuando salga quizás le suceda lo mismo, o quizás solo vea el botón que yo no pude encontrar.