MURPHY Y LA SUEGRA
Josefina Isern Pujol | Parrilla

4.6/5 - (106 votos)

María se permitió una pequeña distracción, desde la ventana podía intuir el frio que hacía fuera pero su estremecimiento era ansioso, de miedo escondido. Alguien la había seguido, siempre lo notaba, deformación profesional.

Se giró de un revuelo, para seguir limpiando. Tendría que dejar de lado todas las fantasías e intuiciones. Hoy era el primer día que la madre de su pareja venía a cenar y quería que todo estuviese impecable. ¡Y aún le faltaba conectarse con un cliente de la agencia de detectives donde trabajaba! Tendría que ir rápido, los cristales ya los limpiaría Manolo en otro momento, que hoy no era plan.

Parecía una militar del ejército de la pulcritud. Llevaba el delantal lleno de bolsillos con botes y trapos y varios. Frotaba con orden, precisión, disparando desinfectante cuando, de repente, un crujido la detuvo. Agarró el mango de la escoba, lo levantó hacia arriba y se acercó despacio a la puerta de la habitación. Estaba cerrada y algo la golpeaba rítmicamente. De pronto recordó que tenía el robot aspirador programado, lo dejaría libre por todo el piso.

Su pareja llegaría pronto con su madre desde Zaragoza, no era momento para lamentos, el tiempo la mordía, quería acicalarse un poco antes de llamar al señor Ramírez para contarle que ya había terminado el seguimiento de su hija. Él nunca sabría que sólo le daría información vinculada al motivo de la contratación, su relación con la empresa de la competencia. Nada de comentar los temas personales que ahora tan bien conocía.

Mientras tranquilizaba al cliente tuvo que mantener la compostura y simular que no se daba cuenta de que tenía el robot rugiendo alrededor de sus piernas. Con el pie intentó tocar el botón de encendido, pero sólo consiguió girarlo boca arriba provocando una música infecta, después se apagó.

En la pantalla miraba al hombre que hacía muecas para intentar averiguar qué sucedía y ella, impasible, simulaba no tener nada que ver y estar tranquila. Pero no, no lo estaba, su estómago vociferaba hiel. Además, estaba segura de que alguien movía la cerradura de la puerta de la entrada.

Se despidió con rapidez del interlocutor, miró de reojo su calcetín pinzado por la aspiradora que reposaba bajo la mesa y notó el olor a quemado que salía del horno.

Al dirigirse al recibidor encontró un revuelo de ropa sucia esparcida por todo el pasillo. El televisor del vecino cantaba un gol que quedó sofocado por unas cuantas maldiciones dedicadas a las funciones de la aspiradora automática y a la fragilidad de la cesta de la ropa.

En la entrada la suegra parecía un susto con patas mientras que su hijo, corriendo hacia la cocina, echaba a reír. Finalmente irían a cenar a Lamucca.

En la calle, escondido en un portal, se encontraba un detective “novato” haciendo prácticas de seguimiento de la jefa. Ahora que ella salía, entraría en su casa para tener una primera impresión de cómo era.