1005. MUSAS SIN VOZ
José Ángel Bañuls Ramírez | Albatros

Su mundo era estridente y ruidoso. Inmerso en una secuencia sin fin de todo tipo de sonidos discordantes. Músicas entrecruzadas en lucha por imponerse. Cláxones, sirenas y ronquidos de un tráfico desbocado. Máquinas de voces graves en las obras cercanas, diálogos metálicos entre las grúas portuarias lejanas. Turbinas de aviones pasando por encima, chirridos del metro cruzando por debajo. ¡Una pura guerra de nervios!
Horacio era un elemento inteligente y sosegado rodeado de un entorno hostil. Acumulaba jornadas trasteando la mesa de mezclas imaginaria donde componer melodías. Distorsionaba sonidos, alteraba sus frecuencias, rebajaba unos y superponía otros. Miles de pruebas, ensayos y errores que siempre acababan llevándolo todo al traste.
Encerrarse en casa, apenas si aportaba cambios sustanciales. La fragilidad de los tabiques claudicaba día tras día. Y los animales tampoco eran convidados de piedra. Muchos de ellos se volvieron asustadizos, acurrucándose en escondites elegidos y desapareciendo buena parte del día. Otros no paraban de moverse inquietos, lanzaban chillidos o aullaban con insistencia, transformándose en mascotas irascibles y compañeros de piso peligrosos.

Transcurrieron así dos lagos años.

Tumbado aún en la cama, nada más abrir los ojos aquella mañana de lunes, se dio cuenta. Silencio, el más extraño y absoluto silencio.
Corrió trompicándose a descorrer las cortinas. Miró la fachada de enfrente, con los comercios ya abiertos, los obreros del segundo ajetreados con la reforma y la chica del quinto, imparable, enzarzada con su clase de zumba a todo ritmo. En la calle, el tráfico atascado y lento, como de costumbre. A todo lo cual se sumó un enorme resplandor y, segundos después, comenzó la lluvia. Nuevos relámpagos, aguacero, carreras, tormenta.
Incomprensiblemente, el silencio permanecía. Ni truenos, ni voces, ni tráfico. Nada de nada.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Fuera todo seguía igual, pero sin la ruidosa banda sonora de su película.
Donde mirase encontraba movimiento. Objetos, personas, animales, todo según unas marcadas cadencias particulares. Asistía a una gran representación de mímica coral y cada pieza encajaba en el puzle con armonía, como esas agrupaciones de estorninos que vuelan al unísono y visualmente recrean un ballet imaginario en el cielo.
De pronto, lo que fue habitual con ruido, cobraba sentido en su ausencia. Su prolongada batalla por ensamblar sonidos de calle, lo que él llamaba la música vital, había alcanzado una nueva dimensión. En el movimiento silencioso estaba guardada la música. La composición fue creciendo en su cabeza. Sus manos acompasaban lo que sus ojos veían y la alegría por la pieza creada iluminaba su sonrisa. A veces, las musas llegan sin voz, sin avisar y casi a escondidas.
Repasó mentalmente la nueva composición alborozado, gesticulando con ambos brazos extendidos como si dirigiese una orquesta, hasta el éxtasis final. Con la última nota se echó las manos a la cara feliz y notó, deshilachados, los extremos de las bolas de algodón que utilizaba por las noches para poder descansar.
No oyó la carcajada, pero estaba seguro que fue la mayor que jamás había dado.