1442. MÚSICA PESADA
Vicente Ortí Hernández | Goldmundo

Se revelaron en un bar de carretera. Los coros de “You can`t hurry love” llegaron desde la cocina mientras Sergio y yo tomábamos una cerveza rodeados de jamones ahorcados y tapas cocinadas en la Transición. Después salieron ellas a lomos de la música: Sonia, Sara y Silvia, hermanas, trescientos treinta kilos de suma total. Tres voces perfectas y negroides y una gracilidad insospechada en la gestión de sus tonelajes.
Las contratamos de inmediato. Abandonaron a toda prisa aquel bar desvencijado, unos padres bovinos y a una parroquia más vieja que las botellas de Soberano que reposaban en las repisas polvorientas. No les sorprendió la sofisticada tecnología de los estudios de grabación ni la profusión de instrumentos relucientes o el tránsito constante de otros artistas por las salas. Sólo se mostraron decepcionadas con el pequeño cáterin –agua, refrescos, algunos sándwiches- contiguo a los camerinos.
-¿Esto es para los pájaros?- preguntó Sara.
“Women in law” se grabó entre un festival de calorías y un vendaval de hidratos. Ellas aportaban grandes bandejas de carne, embutidos de su pueblo, sushi y quesos de todas clases. Pablo, el batería, añadió bizcochos maternos en los que se podían construir viviendas de protección oficial. Arturo, el saxofonista, colaboró con un surtido infinito de dulces llenos de azúcar. Los demás vimos cómo el escuálido servicio inicial se había convertido en un gran bufé versallesco. El ritmo lo marcaban ellas: grababan una canción, deglutían como una manada de búfalos y volvían al estudio con bríos renovados y nuevas tomas perfectas.
El nombre del grupo –Sweets Tons- fue idea de Silvia. “Somos gordas y nos vamos a comer el mundo” era el grito con el que iniciaban sus conciertos, remataban entrevistas y provocaban la locura de sus seguidores con cada baño de multitudes. Les encantaba lanzarse sobre sus fans desde el escenario. A ninguno le importaba las luxaciones, fracturas y aplastamientos diversos que provocaba esta afición.
La fama sacó su peor cara en poco tiempo. Despidieron a tres músicos por delgados, a una corista aficionada al croosfit y a un ingeniero de sonido que dijo sentir “asco” al ver los botes de lomo de orza en aceite y la ristra de morcillas de cebolla colgando de un perchero antes de los conciertos.
Alcanzaron el éxito absoluto con “Me, my, mine”, una balada preñada de soul y blues, al mismo tiempo que el exceso de peso aplastaba a la banda. Arturo, en lugar de acariciar el saxofón, parecía estar soplando vidrio. Pablo apenas podía golpear la batería. El motín se fue extendiendo al resto del equipo, agobiados por analíticas anegadas de colesterol, triglicéridos y anuncios de colapsos inminentes.
Los he oído llegar por los pasillos del estudio. Caminan como una manada de elefantes: jadean y arrastran los pies. A mí también me asfixia la grasa y no entro en ninguna prenda de ropa. Sé que van a exigir que me enfrente a ellas de una vez.
Que hable con Sara, la líder.
Mi mujer.