Nada que decir
Santiago Eximeno Hernampérez | Primerizo

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El conductor —dieciocho años recién cumplidos, la primera vez que cogía el coche de su padre— dijo que no vio el semáforo en rojo; dijo que trató de frenar, trece metros de marcas negras desgarrando el asfalto.

Los médicos le dijeron que, para ser la primera vez que sufría un atropello, había tenido mucha suerte, que otros habían muerto al instante tras ese tipo de impactos; le dijeron que no volvería a andar, que no podría mover el brazo izquierdo, que permanecería atrapado en esa silla de ruedas para siempre.

Él me dijo que lo superaríamos, que saldríamos adelante. Juntos. Me dijo por primera vez que me quería y yo, después de tantos años, de tantas decepciones, no le creí.

Ellos, los de uniforme, los que investigan lo sucedido, dicen que no pudo hacerlo él solo, que en su estado no pudo salvar la barandilla y saltar al vacío desde el puente; dicen que alguien tuvo que ayudarlo. Pero sería la primera vez que hubiera permitido que alguien lo ayudara.

Cuando lo dicen, me miran.

Yo no tengo nada que decir.