NADA QUE TEMER
María Gil Sierra | Pepe Rodríguez

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Desde que publicó su única novela, habían transcurrido siete años. Ahora su imaginación era un yermo. Y una escritora sin ideas es como un centauro con piernas. Nada. Así que cambió la escritura por la enseñanza. Durante todo este tiempo había recalado en institutos donde adolescentes apáticos desollaban las pantallas de los móviles en lugar de escuchar sus comentarios sobre Machado o García Lorca. Unos fósiles — según ellos— sin interés. Por eso se alegró cuando le ofrecieron enseñar español a un grupo de adultos. Algo que no había hecho jamás.

Sin embargo, nunca pensó que impartir clases nocturnas significara después de la medianoche. Ni siquiera tenía la posibilidad de tomar el transporte público.

Abandonó la vía de circunvalación y condujo por una carretera del extrarradio. El camino angosto se fue ampliando hasta llegar a lo alto de una loma. Allí se alzaba un edificio vetusto de silueta incierta. Su destino. Aparcó junto a la verja y salió. Una oscuridad de cuervo la cubrió con sus alas mientras se apoderaba de su garganta el sabor del café fuerte sin azúcar. El sabor del miedo.

Los pasillos vacíos reverberaban el sonido de voces masculinas. Solo tuvo que seguir esas migas de pan para hallar el aula. La puerta estaba abierta. Los estudiantes dentro. Ni una sola mujer. “Buenas nochas, profesora”, dijo un hombre con la altura de un ciprés. Al hablar, lanzó la letra “r” como un latigazo contra el aire. Su cabello negro y abundante se agitó con la corriente. “Bienvenido en nombre de mis compañeros”. Y se acercó a ella tanto como para abrazarla. Aunque solo la rozó.

Ya dentro, colocó su bolso sobre la mesa. Y su mirada se detuvo magnética en la pared donde colgaba un crucifijo. Algo extraño. Sobre todo porque ese lugar nada tenía que ver con la Iglesia.

Para comenzar, se presentó antes de ceder la palabra a sus alumnos. Todos procedentes de los Cárpatos. Además de perfeccionar el idioma, querían escuchar las costumbres de este suelo ajeno. Pero la nostalgia les desató la lengua. Y un ciclón de palabras fue desbastando las horas con rapidez. Hasta que un esbozo de luz quebrantó la oscuridad y les hizo huir a toda prisa.

Asombrada, se asomó a la ventana justo a tiempo para atisbar una bandada de murciélagos volando hacia poniente. Y, como un estallido cósmico, las ideas se expandieron por su cerebro. Había recuperado la imaginación.

También a ella le urgía marcharse. Quería escribir cuanto antes. Al guardar los apuntes en el bolso, se topó con la cabeza de ajo. Pensó que quizás el hombre alto ¬—“¿se llamaba Andrei?”— la habría metido durante la bienvenida. En cuanto al porqué, no tenía la menor duda.