652. NAMASTÉ
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

«¿Que si voy a estar bien? ¡Naturalmente que voy a estar bien!», pienso enseguida, cuando me hablas de la cena con tus antiguos compañeros de estudios. Solo me hace falta acomodarme en el puf de la habitación con mi viejo pijama, una buena taza de té de jengibre, unos inspiradores sonidos de la naturaleza, aromatizados con unas velas perfumadas y… ¡A meditar!

Cierro los ojos y centro toda mi atención en la respiración, realizando una inspiración suave, profunda y constante por la nariz. Inclino ligeramente la cabeza, cual asceta hindú, en pos de la iluminación y la felicidad. Y me voy sintiendo henchida de paz, de armonía, libre de cualquier atadura del ego, mientras susurro mentalmente «namasté, namasté, namasté»… Y esos deliciosos siseos parecen multiplicarse por todo mi ser. Me inundan los sentidos, se adueñan de mis oídos, mientras invoco esa mágica palabra: «namasté, namas… , ¡más!, ¡más!, ¡más!»

«¡Un momento!», exclamo, despertando de mi onírica ensoñación. Quiero negar la evidencia, cuando mis tímpanos se ven desbordados por un torrente de exclamaciones libidinosas, acompasadas por el rítmico repicar de lo que sin duda es el cabecero de una cama. «¡No puede ser!», pienso contrariada. «¡Ya están esos escandalosos vecinos dándole otra vez! Al menos podrían ser más discretos, ¡digo yo!».

Un alud de enardecidos monosílabos, tales como «¡oh!», «¡sí!», «¡más!» y «¡ya!» se suceden en atropellada y salvaje letanía. Y puesto que el ritual de apareamiento va para largo y no hay señal de un descenso de los decibelios que lo acompañan, me dedico a escucharlos con cierto interés. Ahora me parece entender frases más complejas, entre jadeo y jadeo, tales como «me gusta», «dame más» o «me voy».

Me doy cuenta de que estoy empezando a sudar. «¿Será posible?», me sorprendo. «Va a resultar que estos dos me están empezando a soliviantar… Pero ¡qué digo! ¡Lo que están es calentándome como una olla exprés!».

Miro el reloj, preguntándome dónde se habrá metido mi chico y entonces, el ruido de una llave en el cerrojo anuncia su regreso y me acerco a recibirlo.

—Ven aquí, guapo, que te voy a dar lo tuyo —le anuncio, sexualmente agresiva.

—¿Lo mío? —me responde él, alucinado—. Oye: ¿Pero tú no estabas meditando?

—Sí… —me relamo los labios, mientras le estrujo las nalgas—. He estado meditando la manera de ponerte mirando pa’ Cuenca, ¡guapo!

—Escucha, cariño… —te disculpas con cara agria, masajeándote el estómago— Yo creo que esa salsa rosa del cóctel de gambas de la cena me ha sentado como un tiro… ¿No me podrías preparar un vasito con sal de frutas, amor?

—¡Claro! —exclamo yo en un último intento por calmar mis ansias folladoras—. Pero antes, ¡dámelo todo! ¡Venga: dámelo ya! ¡Dámelo!

¡Y vaya si me lo dio! Su cena entera quedó embadurnada por todo mi cuerpo, después de que me pringara de un vómito rosáceo y espeso, salpicado con trocitos de lechuga, aguacate y gamba.

A partir de entonces, cuando quiero meditar me voy al salón.