90. NANA PARA VALIENTES
JUAN RAMON MARTIN CERRO | MOCHI

Tras la cena de empresa no me esperaba esto, menos aún con la jefa y además en su propia casa. Mientras retozamos desnudos sobre el sofá, se oye ruido de llaves tras la puerta.
—¡Joder, mi marido! Al sótano, rápido, ahí no entrará.
Me mete a empujones allí dentro y yo, paralizado por el miedo, acato sus órdenes, al igual que en el trabajo. Estoy totalmente en cueros, aunque ahora con la hombría como un cacahuete debido al susto.
No hay calefacción, estoy helado y completamente a oscuras, he de lograr orientarme. Intentando guardar el equilibrio, bajo la escalera con los brazos extendidos para no caerme, no sé qué hacer. En el caso de que el marido me descubriera no tengo ni idea de cómo reaccionaría, ni él ni yo, no sé si es un tipo cabal o un animal sanguinario, estas cavilaciones me destemplan más aún. He de encontrar algo con lo que cubrirme o me convertiré en una estalagmita, tanteo el terreno despacio para no hacer algún ruido que delate mi presencia. Parece que la jefa me lee el pensamiento, proveniente de arriba se empieza a escuchar una música que protege mis movimientos, parece la radio: El venao. Rápidamente cambia de emisora, aunque cuando al momento distingo al mustio de Alex Ubago entro directamente en depresión, se muere por conocerme, solo espero que no cante en nombre del marido.
Al menos huele de forma agradable, a chicle de Cheiw y a polvos de talco, el olor de los bebés. Es raro, me consta que no tienen hijos, ella siempre se muestra orgullosa de ello durante las reuniones del trabajo. El frío me tiene entumecido, sigo palpando a mí alrededor, al estilo de los zombis de las películas, en busca de algo que me caliente. Le doy un rodillazo a un mueble y sofoco el aullido mordiéndome la lengua, aunque gracias al cantante de necrológicas se amortigua algo el sonido. El mueble tiene barrotes, por las dimensiones parece una cuna. Creo que, sin querer, he descubierto el mayor secreto de esa casa.
Por suerte para mí, hay una mantita cubriendo el pequeño colchón, pero al tirar de ella para echármela por encima me llevo por delante un carrusel que debía colgar del techo sobre la cuna. Comienza a sonar: Cu cú cantaba la rana, trato de detener aquello antes de que pase el caballero, nunca mejor dicho, pero ese mecanismo del infierno no calla…con capa y sombrero, estoy perdido.
Se abre la puerta de golpe y se enciende una luz cegadora, debe de tratarse de la famosa luz del final del túnel, ya creo estar muerto, pero no parece que sea así de momento, un mastodonte barbudo escoltado por mi jefa, me mira estupefacto. Allí en pelotas, con la mantita por los hombros, lo único que se me ocurre hacer es cerrar el puño…, meterme el dedo gordo en la boca y salir por la puerta diciendo: gugu tata, gugu tata.