NÁUFRAGOS
ELISA MONTOYA SANTOS | FRESNO GUITIÁN

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NÁUFRAGOS



1

Un lujoso coche blanco sale de Sanchinarro a las siete y cuarto de la tarde. Su conductor se ajusta el cinturón y enciende la radio. El termómetro marca seis grados de un día gris y lluvioso.

Tras pasar la rotonda recién inaugurada, el coche se adentra en lo que el conductor espera que sea un atasco. Sin embargo, hoy la autovía fluye tan rápido que no parece hora punta y el coche atraviesa velozmente los charcos iluminados por las farolas, salpicando de grasa el chasis. Tampoco parece martes en la M-30, más bien domingo, y el coche alcanza la salida de “Ventas” en apenas quince minutos. Recorre las inciertas calles del que es su barrio desde hace dos años, que parecen desiertas en esta tarde lluviosa, y tiene que reducir la velocidad para que el semáforo, situado a veinte metros de su garaje, le pille en rojo. Radio Marca interrumpe la tertulia de fútbol para emitir el avance informativo de las siete y media: la guerra, las elecciones y unos negros muertos en una patera. El peatón verde del semáforo parpadea y el conductor del coche alza la vista hacia el salón de su casa iluminado. Va a recomenzar la tertulia de Radio Marca, así que, de un brusco volantazo, gira en redondo y regresa a la magia circular de la M-30.



2

Isabel pasa un paño por la barra mientras el telediario abre su edición de las tres con las principales noticias. El ruido de la máquina tragaperras apenas le deja oír la noticia del día: una patera con doce subsaharianos muertos ha llegado a la isla de Tenerife. Isabel frunce el gesto y desea que el único cliente del bar se marche y la deje sola. Hace frío. Maldice el día en el que se le ocurrió abrir ese negocio, medio bar de tapas, medio rincón literario. Otea el local y suspira. No se perdonará nunca haberse dejado convencer por Tomás y por sus grandes ideas. Todo estaba calculado, según él, y la indujo a creer en las posibilidades de ese pueblo, en el Camino de Santiago. Seis meses después, Tomás se largó.

Decide apagar el aire acondicionado, que odia casi tanto como el humo del tabaco de sus clientes. Todavía tiene el paño en la mano izquierda y lo arroja con rabia al suelo. Sorprendido, el ludópata se gira y apura su cigarrillo con una larga calada. Lo apaga y se va.

Isabel se queda sola en el bar y sube el volumen de la televisión.



3

He tenido un breve sueño blanco, acurrucado en estas malditas tablas. Era un sueño seco, como el ñame del silo de la aldea, y frío, como la mano de mujer que está posada sobre mi pecho. En el sueño, estábamos todos muertos, como lo está ella, de la que no conozco ni el nombre porque apenas articuló palabra desde que embarcamos en Nuadhibu.

Tengo frío negro y oceánico.