1273. NÉMESIS
Oscar Fernando Castillo Martinez | Konstantin W.

Llámenme Javier. Tendía la ropa cuando sucedió. Era como si la llamara. La paloma, en vuelo rasante, claro el objetivo, me cagó la camisa de blanco pureza que pendía del cordel. Con la sangre en el ojo, la miré. Ella me miró. Nos miramos. La conocía bien. Una semana antes, al salir de casa, me había cagado la maqueta que llevaba en brazos, culpable yo del descuido de no cubrirla, como si gritase: «¡toma eso, arquitecto mediocre!».
Pero la guerra tenía ya su tiempo. Había empezado un año atrás, cuando me mudé allí. La anciana me dijo que le daba de comer a las palomas en el balcón de la pieza que ahora me alquilaba. El primer día que las vi revoloteando cerca, antisocial congénito, arrojé un almohadón de plumas que estalló sobre la balaustrada. Las plumas volaron en el aire, confundidas con el reguero que a su vez dejó el tropel que huía, golpeadas algunas, asustadas otras.
Fue la mañana después de aquel evento. El zureo cansino y cacofónico me despertó. Las cortinas estaban descorridas; así descubrí, posándose en la baranda del balcón, a mi Moby Dick alado. Me miraba con el mismo odio con el que un toro mira al torero, el repelo de un skinhead a un hippie, la inquina que podría tenerle una lechuga a un vegano. Juro que se cagó allí mismo, sobre la baranda, antes de avanzar un pequeño pasito, y volver a cagar. Otro y otro paso, y ahora tenía cuatro puntitos de mierda en fila. Avanzó más y cagó de nuevo. Dos pasos más y, sin dejar de verme, volvió a la tarea.
«Esto es clave morse», pensé, a punto de descubrir la teoría comunicativa de la mierda aviar, digna por lo menos de un premio Ig Nobel. Cuando se largó, aleteando débilmente y tal vez deshidratada, salí al balcón. En efecto, era morse. Descifré: «Hate». La traducción de «Odio» al inglés. ¿Por qué diablos lo había escrito en inglés, si estábamos en Madrid y yo era peruano? Sí; preguntas universales sin respuesta.
Así empezó.
Una semana después, al comprarle el helado en cono a la valenciana que conocí en el metro, recibí el primer ataque. La paloma había teledirigido su mierda hacia el arruinado helado de vainilla. Reaccioné con ira, y mi cita se arruinó. Me cagó el diario que leía en la escalinata del Parque del Retiro, el CV que estaba revisando en la fila de postulantes a un trabajo miserable, toda prenda de ropa que yo estrenara.
Al fin, hoy es el día. Obtuve mi propio halcón peregrino, harto del trato despectivo de los cetreros que quise contratar. La primera tarde me dejó tuerto. Finjo ahora tender la ropa nuevamente, y oigo el aleteo de Leviatán. Entonces, heredero de todas las venganzas shakesperianas, suelto al halcón.
El peregrino traidor se aleja a cualquier lado, desapareciendo para siempre, ignorando mi causa. Ha vuelto a vencer la paloma. Grito, rabiosamente. Entonces, pavorosamente, siento el fétido amargor sobre los labios.