NI PRIMERA NI CITA
María Añón Mallo | Pluvia

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Pongamos que nos encontramos en un… en una… Pfff, ¿dónde podemos ambientar una primera cita? ¿En un restaurante? Qué va, demasiado manido. ¿Un cine? No, no, muy visto. ¿Y qué tal un hospital? Venga, sí, tiene su aquel: un poco de luz en un lugar desangelado.

Pues eso, pongamos que nos encontramos en un hospital, cualquiera nos sirve. Sala de espera de la segunda planta, diez de la noche de un día cualquiera del siglo XXI. Siete individuos no ven el momento de salir de allí y volver a su rutina, suspendidos como se encuentran en ese paréntesis indefinido de la realidad. A nosotros, sin embargo, solo nos interesan dos de ellos, los sentados en la segunda fila por la izquierda. No, esa no. Mi izquierda. Sí, esos, la del jersey naranja y el de la sudadera azul. Uy, colores complementarios. ¿Crees en las casualidades? ¿A que hacen buena pareja? Y si no fuese el caso, sintiéndolo mucho, yo necesito protagonistas. Confiemos en que sean mínimamente compatibles.

No nos interesan sus datos personales, como tampoco unas descripciones de las que al final del relato nadie se acordaría. Para ella, pongamos que ha aterrizado en la sala por acompañar a una amiga a la que en este momento estarán anestesiando; para él… pues no sé, oye, invéntate tú algo, pon de tu parte. El caso es que ahí están los dos, en el mismo punto del espacio-tiempo.

Las horas se escurren como el suero que gotea y, para cuando se dan cuenta, ha llegado la media noche y se han quedado solos. Él intenta romper el hielo comentando cualquier tontería, literalmente (los nervios suelen jugarle malas pasadas). Contra todo pronóstico, gracias a una cierta concesión por mi parte al cliché, a ella le cae simpático, y acaban embarcándose en una de esas extraordinarias conversaciones que dilatan de manera insospechada el sentido del tiempo y de la individualidad. Al otro lado de la ventana, la ciudad se dispone a dormir, pero en el interior de ambos, algo se despierta.

En un momento crítico, los convocan junto a aquellos a quienes venían a acompañar y de quienes ya se habían olvidado. Descuidados ellos, ninguno se acuerda a tiempo de intercambiar los números de teléfono y, para cuando regresan a la sala, ya no queda rastro del otro.

Técnicamente (según el criterio de la RAE, vaya; a mí me valdría lo mismo), no se ha tratado de una cita, ya que no ha habido consenso previo (cómo lo iba a haber, si ni siquiera se conocían) para encontrarse allí. Mucho menos la primera, porque para eso tendrían que haberla seguido una segunda y una tercera. Con todo, ni primera ni cita, fue suficiente para dejarlos con el regusto agridulce de algo en potencia que no fue en acto.

¿Sabes? Cada vez que piso un hospital, no puedo evitar acordarme de él, ni que se me escape una sonrisa. Sí, creo que esto daría para un buen relato.