819. NO ES PERSONAL, SON SOLO NEGOCIOS
Javier Cifuentes González | jc

Era mi primer mes de trabajo en Perú. Tras terminar la carrera un prestigioso estudio de diseño, de esos con nombre compuesto y un impresionante “&” en el medio, me había contratado.
“Que afortunado soy”, me repetía todas las mañanas. La empresa era apasionante y, pese a que mi trabajo no era muy retador, la gente para quienes yo hacía fotocopias realizaba proyectos impresionantes. Además, la ciudad me había cautivado y su gastronomía había terminado de enamorarme. Lomo saltado, ají de gallina, tequeños… todos eran planteamientos novedosos que me alegraba haber introducido en mi vocabulario. Siempre fui un amante de la buena cocina y me encantaba probar nuevos sabores.
En fin, allí estaba yo, en la novena planta de un edificio, con traje y corbata nuevos haciendo poses tipo Superman. Voy a ser tan poderoso como Vito Corleone en El Padrino, ¡estoy seguro! Mi madre estaría orgullosa.
Fue en medio de estos pensamientos ególatras cuando me di cuenta de que algo no iba bien. Mi afán por el descubrimiento me había llevado a un puesto callejero a la hora de comer. Claramente no había sido una buena idea y mi estómago me lo estaba comunicando. No pude reaccionar a tiempo – un gran “&” en el nombre pero, ¿solo un baño por planta? – y, desgraciadamente, me encontré en la obligación de huir apresuradamente del estudio llevando mis pantalones de deporte puestos y con una bolsa de plástico que contenía los restos de mi traje nuevo en la mano. Fue un sálvese quien pueda. Yo solo confiaba en que nadie echase en falta mi valioso trabajo esa tarde. Salí del estudio, monté en mi coche y me dirigí a mi casa a marchas forzadas.
Mi sentido de la orientación siempre ha sido nefasto y, para terminar de dar color a mi día, me perdí. Me encontraba en una zona desconocida y decidí detenerme y consultar el móvil antes de cometer algún error irreparable. Demasiado tarde… mientras daba vueltas al teléfono buscando la orientación correcta de un mapa que se me resistía, dos individuos se deslizaron en cada una de las ventanas y, antes de que me diese cuenta, me encontré en medio de un atraco. Yo no estaba preparado para esa situación y comencé a tartamudear palabras incongruentes que no contribuyeron en absoluto a calmar el ambiente. En un momento de confusión, el asaltante más grande me arrebató el móvil y, no contento con ello, me pidió el resto de mis enseres. Debido a mi huida desesperada, tan solo llevaba conmigo la bolsa de plástico que, rápidamente, llamó la atención de los ladrones. Sin resistirme demasiado, se la hice llegar y, viendo su satisfacción, sonreí, apreté a fondo el acelerador y hui del lugar.
Nunca me convertí en don Corleone, pero cuando revivo aquella escena y me imagino la cara de los dos asaltantes cuando abrieron la bolsa y descubrieron su botín me siento un auténtico capo de la mafia victorioso gritando mientras huye “no es personal, son solo negocios, ¿capicci?”.