NO HABRA UNA SEGUNDA VEZ
Juan Ignacio Gallardo Tomé | Spyrous

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No habrá una segunda vez, se dijo a sí misma Amelia mientras aguardaba a que alguien le abriera la puerta.



Era una mañana apacible. El cielo, de un azul exquisito, parecía envolverlo todo con su luminosa serenidad. De algún lugar incierto llegaba un leve murmullo, como un lejano trinar de pájaros, de agradable musicalidad. Cualquier otro estaría disfrutando de tan delicioso entorno, pero Amelia no lo saboreaba.



Expectante, mantenía la vista clavada en la puerta cerrada, aguzando el oído para intentar detectar al otro lado un tintineo de llaves, el claqueteo de unos pasos, cualquier sonido que anticipase el final de aquella espera, que se le estaba haciendo eterna. El robusto portalón permanecía inmóvil.



Sabía que no habría una segunda vez del mismo modo que supo desde niña que la primera vez siempre duele. Lo había comprobado ella misma unas horas antes. Estaba muy dolorida.



– ¡Pedro! – gritó con todas sus fuerzas intentando traspasar con su voz aflautada el estático portón de acceso.



Parecía no haber nadie al otro lado y eso la desesperaba. Y la asustaba. Se sentía quejumbrosa, triste y bastante desconcertada. Miró a su alrededor. No había nadie. El sol, de un brillo inusual, la cegaba.



Volvió a gritar el nombre de Pedro. Nada. Golpeó con angustia la antigua aldaba de hierro. Aquel ruido metálico tampoco parecía producir ningún efecto. Empezó a sollozar y una acumulación de lágrimas se amontonó en sus ojos, ansiosas por salir. Aporreó con los puños la madera, revestida de elegantes ribetes dorados. Pedro seguía sin abrir.



Resignada, y cada vez más temerosa, se sentó en el suelo, recostando su espalda contra la puerta. Tardó en encontrar una posición con la que no le dolieran las magulladuras repartidas por todo su cuerpo. Pedro, abre por favor, susurró.



El cielo era imponente. La puerta le parecía gigante. Se sentía minúscula, insignificante.



No habrá una segunda vez, dijo ahora en voz alta, derramando una risa histérica, nerviosa, incontrolable. Revivió mentalmente el accidente. El golpe había sido muy violento. Un despiste. Un volantazo. Un impacto seco. De repente la oscuridad. Y luego esa luz, esa claridad blanquecina.



Al fin oyó cómo alguien introducía por dentro la llave en la cerradura. Sintió cierto alivio. Dio por hecho que sería San Pedro. Era su primera cita con él y experimentó un íntimo temblor. Una cita tan inevitable como indeseada.



Era la primera vez que se moría. Y la última.