NO HAGAS CASO A LA MITAD DE LO QUE VES
Roberto García Díaz | TOBIAS

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En el Spotify suena Viva Suecia, y Diego recita parte de la canción mirándose en el espejo simulando que el cepillo de dientes es un micrófono.

—No te creas lo que dicen los cantantes, no hagas caso a la mitad de lo que ves —canta.

Se contempla en el espejo recién afeitado. Se ve raro y con cara de niño, pero cree, por lo que le ha dicho, que a ella le gustará más así.

Lleva dos semanas hablando con Lucía casi una hora y media diaria. Nunca se había imaginado que podría llegar a abrirse tanto con alguien a quien nunca ha visto, pero es que ella se lo pone muy fácil. Tiene la sensación de que le conoce demasiado bien.

Se ríe frente al espejo ante la absurda idea de que ella le conozca mejor que sus propios amigos.

—¡Date prisa! —grita su hermana pequeña desde el otro lado de la puerta—. ¿Qué estás haciendo?

—Vete al otro baño.

—Mi cepillo de dientes está en este.

—Pues te va a tocar esperar. Me estoy afeitando.

—¿Afeitando? Uuuuuuu, tienes una cita —grita ella con voz de pito desde el otro lado.

—¿Qué dices, gilipollas? —pregunta abriendo la puerta y dejando tras de sí un intenso olor a colonia.

—Apestas. Te has echado demasiada. Vas a espantar a tu cita.

—¿Qué tonterías estás diciendo?

Jimena duda si decir lo que está a punto de decir, pero la tentación de sacar a su hermano de sus casillas vale el riesgo que está a punto de correr.

—Te dejaste el Tinder abierto —suelta justo antes de saltar al interior del cuarto de baño y cerrar como si le fuera la vida en ello.

Diego se estampa contra la puerta que protege a su hermana del tortazo que estaba dispuesto a darle.

Se encierra en su cuarto y busca otra canción que le devuelva la confianza en sí mismo que necesita para afrontar ese encuentro. Está a punto de conocer a Lucía y ni siquiera sabe si tendría que besarla al verla o esperar a que surja. Respira hondo, revisa que lleva dinero en la cartera y baja las escaleras de casa silbando. Está nervioso, pero su padre le ha dado permiso para llevarse el coche y eso siempre es motivo para silbar.

—¡Adiós pringado! —grita Jimena desde arriba.

—Que te den, enana —responde él antes de salir.

Jimena se siente, por primera vez, algo culpable por llevar dos semanas haciéndose pasar por una tal Lucía que esta tarde no acudirá a su cita, porque ni existe, ni tampoco tiene medio de transporte para llegar a la cafetería en la que ha quedado.