No hay otra vida
Ana Puente Santamaría | Tita de la Fuente

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— Así que estuviste en Vietnam el año pasado… ¿Te gustó? ¿Dirías que ha sido el mejor viaje que has hecho hasta la fecha?



Ella se tomó un momento en responder.



— Me encantó, pero no considero que haya destinos mejores que otros. Cada viaje tiene su magia, ¿no crees?

— iBueno! Pero coincidirás conmigo que hay lugares más especiales, ¿no?

— Valoras demasiado lo material… De todos mis viajes al final confirmo que lo importante no es el destino o el trayecto, si no la compañía.

— Qué romántica, Malena. ¿Aún seguimos hablando de viajes?



La breve carcajada de Marcus dio paso a un momentáneo silencio.



— De no haber sido abogada, en otra vida… ¿qué habrías hecho?- preguntó él.

— ¿Qué importa? No hay otra vida.

— ¡Por hablar de algo!

Malena tomó un tiempo en contestar.

— ¿Actriz? No sé… quizá escritora. Siempre me apasionaron las historias. Quizá por eso me gusta tanto viajar… Persigo historias — contestó ella. — ¿Y tú?

— ¿Yo?

— Sí, tú. En otra vida, ¿qué habrías hecho diferente?

— “¿Qué importa? No hay otra vida” — contestó él agudizando la voz para imitarla.

— ¡Eres tú quien se ha puesto filosófico! Venga, dime. Si le pudieras pedir otra oportunidad a la vida, ¿qué cambiarías?

— En otra vida no habría esperado una viudez y un divorcio para por fin pedirte una primera cita, Malena. — Se miraron fijamente a los ojos.

Entonces Malena y Marcus, de 64 años, dejaron de verse como los jóvenes de diecinueve, y compañeros de universidad, para poder reconocerse, por fin, en sus cuerpos más añejos y arrugados, confirmando en aquella mirada, que seguían profesandose el amor fiel y perenne que nunca se confesaron.



— Qué irónico, ¿no? Nunca nos atrevimos a intentarlo… a intentar estar juntos por miedo a perdernos. Hemos querido a otras personas hemos tenido hijos, creado recuerdos… y después de que todo se desmoronara, al final los únicos que no nos echamos a perder fuimos nosotros — reflexionó Malena con añoranza.

— Ha pasado toda una vida.

— ¿Y entonces?

— ¿Entones?

— Sí, que si crees que esto tiene sentido. Volver a empezar de cero, a querer de cero. Aprender cuál es tu lado favorito de la cama o con qué pie te descalzas primero al llegar a casa. Qué te gusta desayunar, a qué le tienes alergia… Ya no tenemos 20 años y la mochila con la que cargamos es pesada.

— Quizá el amor también sea eso… Se transforma con el tiempo. A nuestra edad tener alguien que acompañe y comparta el peso de esa mochila suena bien. Y si es contigo… podría sobrarme el mismo cielo. — rio Marcus — Tú misma lo has dicho, ¿no? No era el destino ni el camino, si no la compañía — añadió con los ojos brillantes de amor.

— 45 años y nunca tuvimos una cita… quizá sí que estemos empezando una nueva vida.

— Te gustaban las historias, ¿no es así? ¿También las de amor?

— Sí. Pero sobretado las de reencuentros – y tras un silencio cómplice, añadió: — ¿Qué tal está tu Risotto?