No pensé que verte feliz me haría tanto daño.
Miryam Torrecilla | Laugardagur

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“No pensé que verte feliz me haría tanto daño…” esa era la frase del protagonista de la peli que seguía repitiéndose en su cabeza, una y otra vez, como un mantra.

Lo había preparado todo. El viernes perfecto, el restaurante ideal… Luz dulce de velas, jazz meciendo el tímpano. Todo apuntaba a que sería una gran noche.

Y entonces entró ella. Se le cortó la respiración. Era real. Elegante y carismática. Se sentó en la mesa de la ventana y dejó que los minutos pasaran en compañía de un vino, esperándole a él.

Pero él la observaba desde la barra. Sirviendo un cocktail tras otro, sin atreverse a llamar demasiado la atención. Respiraba despacio, le costaba centrarse en ese daikiri cuando, de cocina, salió el aperitivo. La conocía tan bien, que había diseñado el menú completo a gusto de ella. Y comenzaron a servírselo.

Al aperitivo le acompañaba una carta. Ella la tomó en sus manos y la leyó. “Bienvenida a nuestra primera cita. Lamentablemente llegaré más tarde, por favor, disfruta de lo que he elegido pensando en ti, espero no haberme equivocado…” La vio mirar a su alrededor, dudar… y finalmente doblar el papel y tomar una porción del plato. Su sonrisa le confirmó que había acertado.

El primero y el segundo llegaron sin explicación, y, de nuevo, se confirmó lo mucho que la conocía. Se preguntó si no tenía algo de loco saber tanto de una persona a la que nunca había visto… le daba igual. “No pensé que verte feliz me haría tanto daño…”.

El postre tardó en aparecer junto con una recomendación, “Si todo ha sido de tu gusto, por favor, coméntaselo al chef”. A ella no le gustaban ese tipo de sugerencias, seguro, pero le hacía gracia seguir con el juego. Educadamente pidió que saliese el chef.

En ese momento a él se le encogió el corazón. Ya no podía respirar. Lo que iba a presenciar le iba a cambiar la vida definitivamente y nunca había marcha atrás.

De la cocina salió el chef, la persona a la que él amaba en secreto desde hacía tanto tiempo y en tal medida que no pudo evitar prepararle aquella primera cita con la mujer perfecta para él. La mujer que haría feliz a su amor secreto.

La energía de aquel instante fue tan fuerte que vibraron todas las copas de su barra. El flechazo entre ellos fue tan obvio como el dolor que sintió en su pecho.

“No pensé que verte feliz me haría tanto daño…”