472. NO SE ADMITEN DEVOLUCIONES
Luis Alfonso Ros Gilabert | Rosajam

Alfredo besó la foto de su difunta esposa y agarró el bastón. En la puerta del ascensor, se cruzó con una joven que pelaba un consolador.
-Recoge el plástico, -acertó a decir mientras pulsaba el botón de la planta baja.
Ya en la calle, quiso acelerar al ver a su vecina Pepita en la entrada al nuevo supermercado. Quienes salían, lo hacían con unas bolsas de lentejuelas doradas y rojas. Lo último contra el cambio climático, -pensó Alfredo. Estaba a tope de gente, ¡qué barbaridad!
La entrada se adornaba con luminarias tenues azuladas que se alternaban con destellos en color rojo. Olía a fresa y a coco. En los expositores, relucientes, rebosaban una especie de anillas y bolas, juguetitos de colores, frascos de cremas y lubricantes.
A unos metros estaba Pepita con unas piezas en sus manos, como de ajedrez, suaves, en color morado: el peón, el alfil y la reina. Las miraba calculando su alcance. La reina la puso en jaque. El bastón de Alfredo la hizo volver de sus cálculos y, saludándolo, dejó las piezas en su sitio.
-¡Qué tal Pepita! Está majo el supermercado este. ¡Vaya unas figuritas chulas!
-Hola Alfredo, pues sí. Estaba curioseando.
El hombre reconoció las figuras que Pepita aún miraba de refilón. Eran parecidas a la que sujetaba la joven del ascensor. Había de distintos tamaños. Podías elegirlas de casi todos los colores y en varios formatos, individuales o en cajas variadas, y de distintos tamaños. El cartel de oferta estaba en el paquete familiar. ¡Ajedrez para toda la familia! ¡Enrócate!, se podía leer en aquel que coronaba el estante superior.
-Me han dicho que son lo más. Compraré ese juego completo, -dijo Alfredo, decidido, aferrado con fuerza al bastón, mientras cogía el paquete marcado como todoterreno.
-Nunca había visto un sex shop, -mintió Pepita mientras volvía a manosear la mercancía.
-Estos son para el culo, -siguió él, golpeando el suelo con el bastón-. Al menos el peón. La reina ya es otra cosa. Aunque con una friega de aquello…
Alfredo pidió a Pepita que sostuviese un momento el paquete escogido y se acercó a los lubricantes.
-¡Qué bien explicado está todo en este supermercado! Guaraná, fresa natural, efecto calor, … ¡Y qué bien huele! ¡Y qué bonito, cuántos colores!, decía él mientras parecía elegir entre varios tubitos de gel con forma de pepino.
Pepita asentía sin dejar de mirar lo que Alfredo tenía entre manos.
-¡Me los llevo!, dijo él en voz alta, asiendo con inusitada fortaleza el bastón. ¿Tomarías un café esta tarde?, -siguió Alfredo.
-Vale, -confirmó sin titubeos ella, mientras meneaba la cabeza al mismo ritmo que Alfredo agitaba el tubito de lubricante con efecto calor al guaraná.
– A las cuatro en mi casa.
– Llevaré bollos y … ¡pilas!, por si acaso.