NO SE PUEDE PEDIR MÁS
Anabel Rodríguez Vázquez | Belisa Camp

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Solíamos coincidir en la puerta del supermercado. Era tan guapa, que si ella no hubiera dado el primer paso, yo no habría tenido el valor de pedirle una cita. Con el sonrojo como testigo, acepté la invitación.

Después de asistir a un concierto al aire libre, dimos un largo paseo por la alameda. Entonces yo propuse que nos acercáramos al restaurante de la plaza mayor. Los viernes tienen parrilla de carne para dos. Lo que no te comes, te lo ponen en uno de esos envases de cartón reciclado y te lo llevas a casa. Nos pusimos morados de chuletas de cordero y alitas de pollo. Incluso tomamos postre y media botella de vino. La gente se vuelve muy generosa cuando tiene el estómago lleno.

Después la acompañé hasta el cajero automático y me acurruqué junto a ella, bajo unos cartones, deseando que aquella noche no acabara jamás.