No siempre rompe la pared la hiedra
Salomé Insua Barbazán | Gala

Votar

De camino, se recordaba que había decidido aceptar que la vida era sencilla y que tenía 25 años y que ya no había más excusas, o fuerzas, para dejar de perseguir algo que todavía no sabía lo que era. Aunque siempre le habían aburrido los discursos sobre la virtud del conformismo y de cómo la edad te hace más realista y la felicidad no es pasión y protesta sino tranquilidad y estabilidad, en ese autobús que ahora pasaba al lado del Retiro se autoconvencía de que no estaba tan mal aceptar la derrota ante esta idea.



El caso es que la canción Ivy de Frank Ocean había salido en el modo aleatorio e irremediablemente había pensado en él. Le gustaba imaginárselo en otro país, en otras ciudades y en otras camas, pensando en otras chicas o teniendo otras citas. Quizás, para prosperar en su abrazo al conformismo, debía reconocerse a sí misma que él era el motivo por el que ya no creía en estas cosas o por el que tenía menos principios, o que simplemente era mucho miedo a un salto al vacío cuando sabes de sobra que hay una red debajo.



Por suerte, este incidente no arruinó por completo su cita con el compañero de trabajo de su amiga Claudia, que llevaba meses insistiendo en que saliese con él, sobre todo cuando bebían cañas y pasaban horas y horas charlando y fumando en puertas de bares en las que siempre hacía frio. La conversación fue agradable y se sentía alegre. En cierta medida, porque, de vez en cuando, la voz de su pasado “yo” idealista hablaba alto y le recordaba cosas como que debería abandonar cualquier esperanza en un hombre que solo leía libros de fantasía y nunca de poesía y que pensaba que el arte abstracto era una farsa pretenciosa para ganar dinero por colgar cuadros en blanco. Aún así, él era lo que ella intuía que era un buen hombre y no encontraba ninguna razón, más que una maldita canción enganchada en el hemisferio del cerebro que se dedique a ello, para decir que no cuando le preguntó si quería volver a cenar con él la semana que viene.



De vuelta a casa, en el mismo autobús, pero en sentido contrario, mientras escuchaba muchas canciones menos una, dos chicos se subieron de la mano en una parada y uno llevaba una camiseta que ponía Ivy y pensó que la vida era una estupidez.



En otro país, en otra ciudad, en otra cama, mientras otra mujer va al baño, un chico se asoma a un balcón de una casa que no es la suya. Enciende un cigarrillo y admira las largas ramas de una hiedra de un color demasiado verde que recorre el muro de piedra del exterior de la casa. Piensa que a pesar de haberla llamado Ivy, Frank Ocean nunca habla de la hiedra en su canción. Pero, sobre todo e irremediablemente, piensa en ella, como ya le pasa con todas las canciones.