NO SOMOS PRINCESAS
Carmen del Río Ruipérez | Manuela Vallés

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Cuando abrió los ojos solo vio una pared blanca y un techo amarillo. No recuerda nada más. Solo sensaciones vagas. Unas manos hábiles buceando en las cavidades de su vulva púber. El recuerdo de haber jugado a ser la elegida. Había sentido la voluptuosidad de la musa gratamente secuestrada del ámbito de lo vulgar y elevada al Olimpo de las diosas. Un juego excitante que le hizo despreciar los otros conocidos que ahora se le antojaban pueriles. De pronto, el espejo se rompió y sus pedazos quedaron ocultos entre el asco y la vergüenza.

Con los hilos de voces antiguas “tienes que ser esto, no tienes que ser lo otro” se tejió una mordaza para no decir basta, para no decir asco, asco, asco a su héroe, a su mago, a su profesor.

Ya no se sintió princesa cuando recogió la braguita rota de su biquini de flores. Y la boca se le llenó de piedras por la culpa de no haber sabido complacer, por la vergüenza de su torpeza infantil. Y un vacío muy oscuro, como un bicho viscoso, le creció en la barriga. “Todo bien”, mintió.

Cuando la noche se impuso, regresó a su casa. El primer rímel corrido de su historia, todavía en los labios la sonrisa forzada de una buena chica. La luna se convirtió en sudario de sus sueños, mientras ella se obcecaba en ocultar el sabor acre del desencanto con el dulce afrutado de su última piruleta.