No te cuidas nada
Miguel Ángel Nava Sanz | Manu N.

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Manuel estaba mirando el móvil sin saber muy bien qué hacía allí. Patricia llegaba cinco minutos tarde y todo aquello parecía un error. Si no fuera porque iban a ir al cine, habría cancelado la cita. No sabía porqué habían quedado. Le había aparecido en la aplicación de ligues del móvil y, tras chatear un par de días, habían hablado de quedar. Pero ella no le terminaba de interesar. Estaba obsesionada con el gimnasio, pasaba cada minuto libre del día levantando pesas o usando máquinas que bien podrían pasar por herramientas de tortura. Y sin embargo, ahí estaba él, esperando a una chica que no le gustaba y que ya llegaba quince minutos tarde.

Al fin apareció. Mechas californianas, maquillaje de brocha gorda, vestido de mercadillo, peste a tabaco. No le dejó abrir la boca, iban justos de tiempo, pero ella quería tomarse una cerveza antes del cine. Acabaron en un bar roñoso. En lo que Manuel se tomaba una caña, Patricia engullía dos cervezas. Un ebrio color rojo se intuía bajo las capas de pintura de ella. Empezó a criticarlo, “no te cuidas nada, deberías de ir al gimnasio”. Manuel se quería largar, pero la película empezaba en menos de cinco minutos. Tuvieron que salir corriendo hacia el cine y, aún así, llegaron tarde.

Manuel disfrutó con la cinta, una adaptación de una obra de teatro que pasa por entero en una única habitación. Patricia se levantó cada veinte minutos para ir al baño, probablemente para evacuar las dos cervezas que se había bebido en menos de media. A la salida ella opinaba distinto. No le habían gustado los personajes, ni la trama. Una persona obsesionada con la comida debido a la culpa tras el suicidio de su pareja. Parecía que ella quería ver una historia de superación de la obesidad, y no una oda a la tolerancia y como su ausencia sólo trae dolor.

Se fueron a tomar algo. Más por convención social que por interés. Patricia retomó su discurso, “no te cuidas nada”. Él se quería ir, le dijo que se acababa la copa y se marchaba a casa. Pero ella no quería. Le invitó a quedarse mientras ella se tomaba otro whisky.

Manuel no podía más. Ella insistía. Vivía cerca, podían tomar algo en su casa. Empezó a ponerse agresiva. Él no entendía nada, no había atracción, ¿a qué estaba jugando? Pero ella seguía. La acompañó hasta su portal. Ella le ofreció subir. Él preguntó por qué. Ella sonrió. Subieron. Se fueron directos a la habitación. Manuel le arrancó la ropa y la empujó boca abajo sobre la cama. Se tumbó encima suya, agarrándole por las muñecas. Ella le intentó besar, pero Manuel se apartó y le mordió en el cuello. Ella empezó a jadear mientras él se deslizaba en su interior, con fuerza, hasta el fondo. Se corrieron.

Patricia fue a abrazarlo, pero Manuel la apartó con el brazo. Se visitó y se fue:

–No está mal para no cuidarme nada, ¿no crees?