No te rayes por el mar
Ainhoa Lería | Nhoa

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Volverse a lanzar a la piscina nunca es fácil, más por el hecho de que el mundo no es una masa de agua acotada por baldosas, sino un basto mar donde, como cientos de veces se nos ha repetido, hay mil peces entre los cuales escoger. Lo que nadie cuenta es qué hacer cuándo el pez de escamas brillantes del que te habías enamorado vuelve a zambullirse en las corrientes de los siete mares. Totalmente imposible de localizar, demasiado fácil de confundir con otros de características similares.



Que se lo digan a Gabriela, quien llevaba meses vagando de cita en cita con un pesado y melancólico corazón en busca de volver a enamorarse. El problema es que éste no parecía dejarle enamorarse de alguien nuevo, sino querer buscar la copia perfecta de quien se marchó para así poder engañarse con el amor que este supuestamente le habría dado. Se negaba a soltar la idea, la ensoñación de quienes podrían haber llegado a ser si las cosas hubieran sido distintas. Sin embargo, hacía un par de días que la chica decidió ponerle solución a aquel imposible, a la incesante búsqueda de un igual.



Quedar con alguien a ciegas, sin saber cómo era, apenas habiendo concretado lugar y hora e intercambiado sus respectivos nombres, sería lo que le haría conseguir escapar del bucle en el que se encontraba. Superar la ruptura, aceptar que debía pasar página. Eso era lo que la parte racional de Gabriela no paraba de repetirse, pero, el día indicado, no pudo parar de fantasear con la persona que iría a encontrase en aquella primera cita. «¿Y si sus ojos me recuerdan al destello que había en los de él cuando me miraba? ¿Acaso tendrá el mismo cabello chocolate por el que tanto me gustaba dejar caricias? ¿Qué habrá de las pecas que formaban constelaciones por su rostro? ¿Me hablará con la misma dulzura en la voz? ¡Ojalá lo haga! ¡Ojalá sea como él!», se susurraba la mujer para sus adentros, nerviosa, olvidándose por completo de la verdadera razón por la que estaba yendo a donde estaba yendo. A conocer por primera vez a alguien que, con suerte, la ayudaría a salir de aquella obsesión.



Al llegar, fue recibida con una cálida sonrisa, invitada a acomodarse en su sofá. Conversaron sin parar durante una hora que le supo a poco. Hablaron de todo, le contó cosas que ni siquiera había compartido con el otro, incluso le lloró y, en ningún momento, su cita le hizo sentir incómoda por ello. Al contrario, la escuchó como nadie lo había hecho en tiempo, la consoló con esperanzadoras palabras. No podía creerlo, tras tanto tiempo, por fin había dado con su persona. Al marchar el corazón le iba a mil por hora de la felicidad, pero, por suerte, se frenó los pies antes de emocionarse en demasía: «No, Gabi, no puedes enamorarte de tu psicóloga. Al menos no en la primera cita». Sí, Gabriela aún tenía mucho trabajo de gestión emocional por hacer.