1330. NOCHE DE… ¿PAZ?
Graciela Rosato | Graciela Yver-Webb

Recuerdo aquella lejana Navidad… Ni bien nos sentamos a la mesa, suena el teléfono. ¡Uf, justo ahora! -dice disgustada mi madre mientras corre a atenderlo-. Escuchamos cómo repite, cada vez más irritada, «¿¡Quién habla!?… ¿¡Quién es!?», hasta que de pronto, grita con todas sus fuerzas un montón de improperios que no repetiré aquí pero que hablan de la dudosa reputación de la madre y hasta de la abuela de la persona que ha llamado. Corta, furiosa, y nos cuenta que el que llamó es un imbécil que balbuceando, pretendía hacerse el gracioso. Como no le entiende nada y el tipo no se da por vencido, “lo mandé a… freír churros” -dice-. Acto seguido, el teléfono vuelve a sonar y esta vez es papá quien atiende. Resulta ser un cliente suyo muy apreciado que llama para saludarnos en tan entrañable fecha y… ¡para explicarnos que el anterior llamado lo hizo, con toda la ilusión del mundo, su hijito de dos años que recién empieza a hablar! Mi padre, muy avergonzado, se disculpa de corazón con su cliente. Inmediatamente, se arma la gran bronca entre mamá y papá.

Mientras tanto, los demás ya estamos cenando. El abuelo y yo, aprovechando la momentánea falta de control parental, nos dedicamos a comer y tomar todo lo que nos da la gana, con el resultado de que ambos terminamos en un estado francamente lamentable. A mí (tengo doce años y es la primera vez que tomo «champagne») me da la borrachera cariñosa, y busco que todos me den besitos y me abracen -con la espantada general por respuesta, claro-. El abuelo, que sí tiene cultura alcohólica, no se ve afectado por la bebida en absoluto, pero en cambio, en el apuro por sacar el mayor partido a la fugaz libertad inesperada, se atraganta con un trozo de comida y empieza a toser, tanto, que realmente nos asustamos. Cuando ya la cara se le está poniendo azul y gracias a los golpes que le dan para que expulse el traicionero bocado, logra soltarlo… junto con un repugnante revoltijo de alimentos a medio masticar, algunos, y otros -¡puaj!- incluso a medio digerir. Mientras lo atendemos, la diligente Catita -divina gallega que trabaja en casa desde que mis padres se casaron y que nos cuida a todos- limpia en el acto los restos del desastre y los tira de inmediato al incinerador.

Cuando el abuelo recupera el aliento -el esfuerzo realizado lo deja KO por un buen rato-, lo primero que hace es preguntar por su dentadura postiza. Al escucharlo, Catita pega un grito y se lleva, espantada, las manos a la cabeza: al levantar todo lo que el viejo «desembuchó» con la última tos, ¡ella la arrojó a la basura pensando que era un hueso de lechón que, en su voracidad, el viejo se había tragado!

Entretanto, Leti, nuestra perrita, las patitas traseras sobre su silla, las delanteras sobre el mantel, devora con fruición los restos de la cena navideña, mientras mira de reojo el ambiente.