Noches de vino y rosas
Jorge Juan Coello Chapela | Danton Elea

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Llegué al restaurante donde habíamos quedado callejeando por Huertas y Sol. Hacía un tiempo extraño, inestable, diría un meteorólogo. Esa neblina nocturna de mediados de abril, ofrecía a los edificios de bella arquitectura y sus callejas, una magia atemporal.



Es extraña esta época y cómo todo ha cambiado en tan poco tiempo. La verdad, confieso que la vida moderna y Madrid, me matan. Antiguamente todo el ritual era diferente. Ahora, solo impera lo fácil, ya sabéis, dos copas de más en alguna discoteque y sexo casual, vacío de sentimientos y lleno de turbios sentidos. ¿Ha muerto el romanticismo?



El restaurante –con el nombre de ella– era perfecto para una cita, con cierto aire vintage y una esencia art déco. Sus antigüedades y la decoración, me atrapaban. Las elegantes mesas estaban llenas de sueños; reuniones de amigos; de amor; y de encuentros fugaces, donde los amantes se perdían entre miradas, vino y sonrisas cómplices. Otros, abducidos por el brillo de sus teléfonos mientras su esencia interior se apagaba.



Con una solitaria vela, degustaba un Rioja esperándola. La conocí en Flinder, sí, en esa App tan… curiosa. Pese a todas las citas fallidas… Ay… La indisoluble esperanza. Cosas de la edad, supongo.



Era medianoche cuando apareció por la puerta. Percibí un dulce aroma a rosas. Carmen, sonrió levemente al verme, era una joven preciosa, llevaba un vestido verde y su rostro, estaba esculpido en carne y ternura por dioses desconocidos. Su mirada esmeralda, era insondable. Un carmín rojizo perfilaba unos labios que escondían seguro, la más bonita de las sonrisas. Su pelo rizado bailaba sobre su rostro. Nadie parecía verla, solo yo. Como el espectro de una bella doncella de una antigua leyenda.



—¿Vladimir?

—Sí, hola… —pese a mis conquistas nocturnas, en todos estos años, todavía siento cierta timidez ante una bella mujer. Hice una leve reverencia levantándome.

—Qué galán, me gusta. Pero… ¿no te alimentas bien? Estás muy pálido.

—Soy de mal comer —confesé.

—¿No te gusta la carne, Vladimir? —dijo atrevida.

—Llámame Vlad, me gusta más. Es un poco gótico, lo sé.

—Nadanada, que sí, aparte, ¡mírate! Tu atuendo en plan Steampunk, me flipa.

—Gracias, Carmen —me miró con deseo, observé su respiración y los torpes movimientos de sus manos.

—En realidad… no me llamo Carmen, Carmina es mi nombre. Cosas de mi padre, era escritor y le molaba mucho ese rollo Bécqueriano —caí ante una certeza innegable. Arrolladora como el trueno y los vientos de la vieja Europa.

—M… Mina, Carmina… —me estremecí.

—¿Crees en el amor verdadero, Mina? —llené nuestras copas temblando.

—¡Soy Piscis! Tú dirás… —soltó una risotada.

—Océanos de tiempo… —dije mirándola. Sonrió y mordió su labio inferior. Acercándose, me susurró:

—Vlad, sin duda eres… diferente. Dime una cosa… ¿muerdes?

Sonreí.



La luna mostró toda su belleza para nosotros en aquella noche del viejo Madrid, con la Diosa de mis sueños perdidos. Para siempre.

Por Danton Elea