NOSTALGIA DE AZULEJOS LITERARIOS
Eva Denia Valls | Marina Salada

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Cuando pienso en aquel primer lugar, el primero de todos, me viene a la mente la cuadrícula informe de su pavimento. Veo el local, diminuto y alargado, con sus baldosas variopintas colocadas sin patrón alguno, como hojas de papel de colores que alguien, desde las alturas, hubiera dejado caer sin ton ni son. Una asimetría cromática inexplicable que condensaba el caos y el albedrío de quienes la pisaban, la esencia de esa bruma suave que flotaba en el aire y nos hipnotizaba al entrar.

Descubrí la escuela una tarde, paseando por ahí. Me llamó la atención aquel espacio singular, con su interior iluminado por una farola de calle desubicada y solitaria. Entré a preguntar. Por incomprensible que pueda parecer, jamás había caído en la existencia de un taller de escritura. Fue como encontrar una puerta clandestina que yo necesitaba atravesar sin haber tenido siquiera consciencia de ella, una puerta secreta que había estado aguardando aquel encuentro.

El primer día, como nos habían indicado, todos llevábamos un relato propio, algo corto que pudiéramos leer. Nos sentamos formando corro, en sillas de madera plegables algo viejunas. No puedo evocar el transcurso de esa clase; nos debimos presentar, se debieron repartir apuntes, leer el fragmento de algún autor. Pero sí recuerdo con nitidez el momento en que la chica que llevaba el taller hizo hincapié en la necesidad de controlar los dramatismos desbordados, el sentimentalismo exagerado, la edulcoración empalagosa, debilidades todas ellas muy comunes en los inicios. Pensé en el relato que yo guardaba doblado entre las páginas de mi libreta. Debí empezar a transpirar. Aún puedo visualizar el gesto que hizo la profesora, dos golpecitos enérgicos con el puño en el pecho, en alusión a esos excesos pasionales ridículos. Yo ya no podía dejar de analizar las líneas desgraciadas de mi cuento, cada una de ellas navegando a la deriva en ese mar de lágrimas trágico y convulso que narraba, abigarrado con penas y tristezas; demasiada humedad para que un pobre DIN A4 pudiera absorberla. A la hora de buscar voluntarios para la lectura de nuestros ejercicios primerizos, no me encontraron. Mi persona había empequeñecido, se había fusionado con la silla, con el mosaico del piso, era igual de rígida, igual de muda.

A pesar del bochorno que me sobrevino en aquella primera clase, a ese lugar, a esa cita, volví sin falta, semana tras semanas, durante años. Todos fuimos perdiendo el rubor de compartir aquello que generaban nuestras cabezas bulliciosas; cada uno con su estilo y sus temas, cada uno con sus historias y sus majaderías.

Hubo cambios y el aula de las losetas coloridas dio paso a otros puntos de encuentro, pero mi maravilloso grupo de cuentistas y su profesora no, esos no han cambiado demasiado. La mayoría seguimos enganchados, asidos a nuestro encuentro semanal, acomodándonos a nuevos escenarios: un nuevo coworking, un nuevo bar de montaditos, un nuevo restaurante peruano. Una vieja amistad que ya tiene más cola que baldosas tenía el primer antro.