Nuestra primera vez con el más allá
María Alejandra Rojas Sánchez | Dorada

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Llegué a casa de Micaela. Su hermana Carola abrió, tomó mi chaqueta y mi paraguas. Todo lo hacía con el mismo gesto condescendiente de todo el barrio desde la muerte de mi hermano, Samuel. Fue la noticia más comentada porque era muy chico, ese cáncer, la amputación de la pierna izquierda . Yo me sentía intimidada ante tanta exposición, sin embargo, en la casa de Mica me escondía la mayoría de las tardes, solo existíamos nosotras, los deberes, los videos de TikTok y la merienda. Subí a la habitación, los cristales de las ventanas parecían sucumbir ante el temporal. En la alfombra Micaela, de piernas abiertas, con un tablero de ouija entre ellas. Esto era una locura, ambas éramos hijas deformes del misterio. ¿De dónde había salido Mica? Le hizo frente a los bulleadores que me restregaron crema en la cara para «curarme el acné asqueroso de mierda» que destestaban en mí. Los empujó y ellos corrieron porque no podían medirse con esa chica de 1.76 y 85 kilos. Desde que entró en el instituto la apodaron Godzilla, y a mí desde ese día, Godzuki, protegida por ella podiamos ser todo lo borde que quisiéramos. Estuve a salvo hasta que enfermo Sami, ahí volvió la gente a poner sus ojos en mí . ¿Y si contactamos con él para ver cómo está? soltó Micaela apenas percibió mi presencia. Comenzamos a invocarlo por su nombre, las dos pusimos un dedo sobre el triángulo guía y los primeros cuatro minutos nada pasó. La luz cálida de la lámpara daba un aire caravaggiano, mi única amiga con la boca abierta, yo de rodillas, cuando de pronto un pellizquito en la punta del dedo y el triángulo a moverse. Juraba que era ella, pero Mica rompió el silencio «deja de moverla avispada, que no cuela», negué con la cabeza, no podía hablar, eso se movía sin los dedos de nosotras puestos. Escribió «holu Tati». Sami y yo nos llamábamos así. Volvimos a poner los dedos y eso se deslizó. ¿Estás bien? no sé porque a Micaela le había dado por gritar. Quizá los nervios o la lejanía que supone el más allá. «Sí » no me di cuenta de que se me habían salido las lágrimas. Sami dijo «voy a volver, estoy aquí». Nosotras nos miramos, algo raro había en eso. Creo que mentalmente coincidíamos en que podía ser un espíritu burlón. No nos dio tiempo a hacer más preguntas «cuidado Carola» garabateó en el tablero y la hermana abrió la puerta. Se crispó. El triángulo se fue al adiós . La lámpara se apagó, en la penumbra todas chillamos. Mica la encendió. «Mejor te vas», Carola no me dio tiempo de nada, cerró la puerta tras de mi apenas salí al portal. Ocho meses más tarde dio a luz. Mica se fue a Barcelona a estudiar cine, yo empecé clases de tantoestética. El bebé tenía una peculiar cicatriz en la rodilla izquierda.