NUESTRA PRIMERA VEZ
Rafa Chinarro González | Void

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Aquella noche ella me hizo esperar en su puerta más de lo debido. Yo iba disfrazado de príncipe desarmado, ella de ama de casa. No sabíamos qué hacer, nada sucedió como sucede en los cuentos, con la magia llevándonos de la mano, flotando ambos en el viento. No fue así.

Hicimos una ensalada bastante mediocre, y menos mal que compré una botella de buen vino para regar nuestros silencios incómodos. Sí, ella me contó. Y yo le conté. Pero no le dije que me aburría mirar su música, que sus fotos en las paredes me parecían una forma como cualquier otra de esconderse. Que su manera de jugar conmigo era como clavarme un cuchillo desafilado en el pecho y retorcerlo. Que me sabía herido, sangrando. Que me brillaban los ojos de las lágrimas atascadas. Que tenía el corazón envuelto en una carcasa de metal para no perderlo por los rincones de su cuerpo.



La excusa de irnos a la cama fue que ya no quedaba vino para seguir bebiendo, para seguir alargando el tiempo. Y sí, fue bonito, como lo es descubrir a alguien a quien llevas mirando mucho tiempo. Es bonito desnudar un cuerpo, y lo fue desnudar el suyo; quitarle los miedos, las vergüenzas, los complejos que no sé de dónde sacaba. Y sí, hubo sexo. Y besos y manos y labios y líquidos y sudor. Y no hubo lágrimas.

Y me sentí deseado, como hacía mucho tiempo que no me sentía.



Así que cuando regresé a casa no pensé en lo que había pasado, sino en lo que yo iba soñando por el camino. Me envolví el cuerpo con ese realismo mágico, con todas esas palabras bonitas que había ido inventando. Derribé el muro de silencio que me aprisionaba.

Sujeté con fuerza las alas a mi espalda y me lancé en picado para tratar de alcanzar el sol.