NUNCA JAMÁS
Nerea Aguado Alonso | Guadalupe del Cierzo

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No va a volver a ocurrir. Ha sido la primera y única vez. No puede ser y no debería haber sido. No es así como se hacen las cosas, no son esas las cosas que se hacen. No, no y no. Cómo iba yo a saber que esto ocurriría. De alguna manera, me he visto obligado. Eso es, me he visto forzado a ello. Eso es lo que ha pasado. Lo he intentado evitar, sí señor, mi intención ha sido la mejor, no hay duda de eso. O bueno, lo hubiera intentado evitar de haberlo sabido. Pero no sabía que estaba ocurriendo. No lo he provocado, no lo he buscado, está claro que no quería hacerlo. Ha ocurrido. Es diferente de haberlo hecho. Hacerlo implica voluntad, planificación incluso, y una dirección, un propósito u objetivo determinado. No ha sido así. No. Dios bendito, ¿cómo ha pasado? ¿Qué me ha llevado a estar en esta situación? Santa María, cómo salgo yo de esta. Nadie lo va a saber, es cierto, nadie tiene por qué saberlo. Pero lo he hecho. No, no lo has hecho, Juan, qué hemos dicho antes. Que ha ocurrido, eso es. No quería que pasara. Así que, Juan, no has hecho nada. Pero lo que ha pasado, bueno, eso no tiene por qué trascender. No diré nada. ¿Y cómo lo olvidaré? ¿Cómo se olvida algo así? Una vez se prueba, la experiencia queda fijada en nuestra memoria. O quizá no. Quizá pueda volver y resolverlo. ¿Me creerán? Seguro que no, volver ahora sería reconocer una culpabilidad que no existe. Pero ya lo he hecho. Quizá pueda no pensar más en ello, o pensar tanto que tome un cariz irreal, un tono de ensueño, como una fantasía. ¡Eso es! Adornaré el recuerdo, lo volveré tan ideal que lo despojaré de toda realidad. Así no solo no habré hecho nada, sino que no habrá ocurrido. Puedo mejorarlo. Puedo pensar en cómo lo hubiera planificado. Me hubiera llevado más corbatas, por supuesto. No muchas, solo una para cada traje. Mejor, un par para cada traje, por variar. No hubiera sido posible en una vez. Y menos tan espontáneamente como hoy. Quizá pueda practicar. En mi imaginación, claro. Volvería a la tienda y me probaría varias. Entraría con la camisa abrochada como hoy, que había refrescado y me la he cerrado. Una vez dentro, probaría gemelos, pañuelos para el bolsillo, una corbata, otros gemelos. Decidir volver otro día, como he pensado hoy, y darme cuenta tarde. Darme cuenta al mirarme en otro escaparate que llevo la corbata, que he robado sin querer. Ay, ¡Dios mío! Mañana a confesar. Ya me noto el nudo demasiado prieto. Esto es la culpa. Tenía que haber elegido una corbata más especial, una seda italiana, quizá con un ribete interior de doble hilado. Verde pálido. Tenía que haber elegido la verde pálido. Ni siquiera he pasado nervios. Tanta culpa ahora… No me gusta esta corbata, es demasiado oscura. Debería haber elegido la verde.