901. NUNCA PASA NADA
Francisco Alvarez Figaredo | Armagedón

Cuando llegas a los cincuenta, nunca pasa nada. La vida consiste simplemente en eso, alcanzar los cincuenta con cierta dignidad, prepararse un café -descafeinado, no vaya a ser…-, sentarse en la mesa camilla y aguardar el final con la certeza de poder vivir tranquilo, porque ya nunca va a pasar nada. Así pensaba yo esta mañana, la de mi cumpleaños, tras varias décadas trabajando en el bufete y ejerciendo con éxito responsabilidades en distintos departamentos: Operaciones Paralegales, Tributación Imaginativa, Urbanismo Hardcore… La mitad de mi vida ha transcurrido enrolado en este entrañable ejército de operarios cualificados, con jornadas eternas apenas interrumpidas para una cabezadita, por turnos, en el hombro de algún compañero. Por eso cuando a primera hora me llamó a su despacho el Director General, Don José Manuel de la Riva, pensé que se trataría de la enésima felicitación por mis éxitos profesionales. «Siéntese, Gosálvez», me indicó con una floritura del brazo derecho inquietantemente excesiva.
-Usted sabe que es el abogado más valorado en nuestra empresa. Un activo imprescindible. Un ejemplo para las generaciones futuras. Por eso me lacera el alma desprenderme de alguien así.
-¿Perdón?
-Déjeme que me explique: a principios de año se le encomendó a usted la ejecución del contrato de cincuenta millones de euros que nos habían adjudicado nuestros buenos amigos del Ayuntamiento, ¿no es así? -asentí, aún en shock-, para lo que se creó un grupo de coordinación en el que trabajaría mano a mano con un alto funcionario municipal, el señor Manolito, ¿verdad?- esta vez me limité a parpadear-. Pues bien: todo el sistema se ha venido abajo por un uso indebido del ordenador. Al parecer nos ha atacado un troyano procedente de la web «orientalesbizarras.com».
-Señor de la Riva, le aseguro que yo…
-No hace falta que me diga nada. Ha sido ese inútil de Manolito. El hijo de la Excelentísima Señora Alcaldesa, por cierto. De ahí mi diatriba: ¿despido a mi mejor empleado o disgusto a la munícipe?
-Hombre…
-No me diga nada. Soy una persona de principios, y no pienso despedirle. Más bien le doy la oportunidad de desarrollar su desmesurado talento en otro sitio. Por eso les he dicho a los de recursos humanos que ni indemnización ni nada, sería un insulto para usted. Y ahora, si me lo permite, un último servicio a la empresa.
Alguien abrió la puerta y apareció una mujer muy seria acompañada del tal Manolito, también muy serio.
-Señora Alcaldesa, he aquí al responsable de nuestra desgracia -dijo, señalándome-. Caballero, es usted un pésimo abogado, un activo prescindible, un mal ejemplo para las futuras generaciones. Hala, a la puta calle.
Y así es como la vida me ha dado una nueva oportunidad a los cincuenta. Afortunadamente, sí que pasan cosas, y buenas. He dejado ese trabajo nefasto y me he hipotecado hasta las cejas para cumplir mi sueño de abrir un restaurante y llenarlo de gente. Brindo con bourbon, no con café, por todo lo que este maravilloso dos mil veinte me va a traer.