NUNCA SUPISTE QUE TE MIRABA EN EL BUS
Mariano Pradillo Arrieta | Gordon Sandway

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Pero cada mañana, cada somnoliento viaje de camino al trabajo, te observaba, te estudiaba, porque me gustaba mirarte e imaginar cuál era tu nombre, adónde ibas cada mañana, cual sería tu color favorito, tu película favorita. Y cada dia te imaginaba diferente, como si cada día fuera una primera cita y me dijeras tu nombre, me dirigieras tu sonrisa, me llamaras por mi nombre y todo sucedía cada día como si fuera la primera vez. Me fijaba en qué libro ibas leyendo y esa misma tarde me compraba ese título y por la noche lo leía, con la esperanza de poder conocerte un poco mejor, de deducir tus gustos a través de las novelas. También prestaba atención a tus auriculares e intentaba descifrar qué tipo de música te gustaba escuchar. O trataba de escudriñar en tu mirada perdida el día que simplemente mirabas por la ventanilla del autobús, elucubrando en qué estarías pensando. Y tú esbozabas aquella maravillosa sonrisa. A veces me atrevía a pasar a tu lado para poder aspirar tu perfume y por las tarde recorría las perfumerías para averiguar la marca. Quizá en nuestra primera cita, podría regalarte tu perfume.

Pero tú nunca supiste que te miraba porque yo siempre me ocultaba tras unas gafas de sol. Tan oscuras que la gente se pensaba que era ciego y me cedían amablemente el asiento. Pero prefería ir de pie y poder observarte mejor.

Y cada día iba creando miles de historias a tu alrededor, imaginando qué harías esa u aquella tarde. Tú te bajabas siempre en la penúltima parada y yo llegaba hasta el final. A veces me daban ganas de bajar contigo y seguirte, pero enseguida me daba pavor que pensases mal de mi. No era mi intención asustarte o que pensaras que era un perturbado. Nunca me decidía a dar el siguiente paso. Jamás se me ocurriría asaltar a alguien desconocido de aquella forma. Pasaba el día pensando en volver a verte a la vuelta, pero jamás pasaba. Debías de tener otro horario o quizá otro recorrido. Imaginaba desesperado que te buscaría alguien amado.

Siempre pensaba que si algún día ocurría, tendría el valor de decirte lo primero que saliera de mis labios, de saludarte o la manida y estúpida frase de pedirte la hora, tan sólo por escuchar tu voz por primera vez.

Pero ayer mismo, me pillaste por sorpresa: ¿sería también tu primera vez? No te bajaste en tu parada habitual, sino que esperaste al final de línea. Y cuando me pude recuperar de esa impresión, te acercaste a mi y me dijiste: «como no te decidías a decirme nada, te lo digo yo. Sé que has estado mirándome todo este tiempo. Mañana puedes mirarme como si fuera la primera vez, pero en esta ocasión, por favor, dime algo».

Y al día siguiente, por primera vez, te lo dije…