1096. NUREMBERG
JESUS CLAVERIA FUENTES | Jesus

Con su venia, Señorías:
Aunque a nadie se le escapa que Uds., los juristas, son una pandilla de alcahuetes, y que tan pronto cierren este proceso les faltará tiempo para soplarle al mundo las barbaridades que sobre mi chico se han vertido, para que se empapen les diré que mi Adolfito no era tan malo como este tribunal lo pinta.
¿Sabían Uds. que lo tuve de cesárea? ¿Sabían que el huevo que le faltaba ya era de nacimiento, y no por una perdigonada como por ahí se anda diciendo?
¡No, señorías, no! Mi chico fue un regalo divino, un esqueje caído del cielo, carne de mi carne, alma gestada gracias a una noche de amor y ciertas dosis de picardía que a mi difunto esposo jamás le volvería a tolerar. Su padre, sin embargo, nunca fue de la misma opinión. Incluso me lo confundió con una cigüeña:
-Bern. Te digo que no es una cigüeña, ¿no ves que no tiene pico?
Viendo lo mal que pintaba aquello, decidimos llevarlo a casa para estudiarlo con mayor detenimiento. Catorce años después decidimos matricularlo en una escuela para disminuidos mentales. Sin embargo, a los tres meses me lo expulsaron del colegio por no sé qué escándalo que a buen seguro él no cometió. !Fatal, fatal!.
Con 20 años mal aprovechados su padre le aconsejó a punta de pistola alistarlo en el ejército austriaco donde volvió a revelarse como un auténtico fracasado. La tragedia acaecida en Verdún apunta que fue mi chico el que perdió las llaves del polvorín.
Acabada la guerra probó suerte en una cervecería regentada por Eva Braun a la que solía acudir una clientela asidua pero muy mal pagadora. Allí conoció a Göbel, Hess, Goerin… una pandilla de alcohólicos y desaprensivos que a la larga terminarían pervirtiéndomelo.
En 1924 no tuvo mejor ocurrencia que dar tres golpes de estado el día de San Valentín, (recuerden que por aquel entonces la constitución alemana solo permitía dos golpes de estado por persona y día).
Durante su estadía en Spandau acabó perdiendo el miedo a dormir sin su osito de peluche. ¿Vieran Uds. lo limpito que me lo devolvieron a casa: con sus zapatitos de charol, gabardina recién planchada y camisa de cuello duro a base de mucho almidonar!
A partir de ahí se pasaba todo el día hablándole al espejo, ensoñado con la política y toda esa suerte de perversiones.
-¡Demonio de chico! -me dije-.¡Quién iba a pensar que tras aquella cáscara de infeliz se escondía una veta de buen orate!. Se volvió temperamental. Deslenguado. Viajaba mucho. Tan pronto me llamaba desde Paris como se ponía a invertir en no sé qué negocios de los sudetes checos. Incluso hizo las paces con su padre hasta el punto que le recomendó unas vacaciones en Auschwitz.
Dicho esto señorías, entenderán que esta madre no pueda sino rememorar con nostalgia aquellos felicísimos años, especialmente el de 1491 cuando vino mi chiquitín a regalarme las escrituras de Francia para mi cumpleaños.