1130. ODONTOLOGÍA DE BARRA
Eduardo Galguera García | Don Epifanio

Mis implantes me los pagué yo, dijo dando tres golpes con los nudillos en la barra. Así acostumbraba a remachar las frases cuando llevaba tres vinos de más. Pero los empastes y las fundas de ella salieron de la cuenta común, añadió pronunciando intermitentemente la frase. Tres golpes más en la madera. Tras, tras, tras…
O sea que el vuestro fue un divorcio odontológico, bromeó el compañero con titubeo verbal, queriendo quitar hierro al asunto. Y se echó un trago al gaznate.
Lo nuestro estaba muy deteriorado, como una boca llena de caries. Tras, tras, tras… Y te digo más: no había dentista que pudiese arreglar aquello. Ella estaba que mordía. Y yo masticaba la tragedia. Tras, tras, tras… ¡Vaya dolor!, suspiró apurando medio vaso.
Pero al final acabasteis de común acuerdo, sin llegar a juicio, subrayó el otro con cierta seriedad, resbalando las palabras lengua abajo con gran esfuerzo.
No me hables de juicio, que las muelas del juicio casi las pierdo de apretar la mandíbula. Por no gritar… Hizo una pausa y quedó mirando a la vitrina de la barra. ¿Sabes por qué nosotros somos más blandengues que ellas? El amigo se encogió de hombros. Porque nos cagamos cuando nos sientan en la silla del dentista. Es jodido reconocerlo, pero es la puñetera verdad. Tras, tras, tras…
Y pagamos la avería sin rechistar, no vaya a ser que nos saquen los piños sin anestesia, dijo el colega de parranda con una carcajada estridente. ¡A lo vivo!
Pues claro. ¿Qué vas hacer, tumbado en la camilla y amarrado con una sábana? … Oye chaval, ponnos otros dos… Y cobra de ahí… Tras, tras, tras.