1289. OFERTA DE TRABAJO
AGUSTÍ GARZÓ SANCHIS | BERGARO JACOBECHE

Josevi era descomunalmente vago. Pero él se empeñaba en matizar su holgazanería. Decía que era vago para lo que no le gustaba, que si encontraba  algo estimulante no habría horas. Estaba en una edad comprometida. Con 39 años, su currículum profesional era de risa. Y su aspiración de vivir de la pintura, remota desde cualquier otro punto de vista que no fuera el suyo. No tuvo ningún empleo duradero, y se embarcó en varios proyectos nada rentables. Nada rentables por decir algo. Una vez montó una pequeña lencería asociado con un antiguo compañero de instituto. Reformaron el local, lo equiparon; pagaron tres meses de alquiler por adelantado, compraron género suficiente para ponerse en marcha…Y contrataron a un empleado, no fuera que alguno de los dos se herniara por bajar una caja de sostenes del estante más alto o por entrar a la trastienda a por unas bragas de otra talla. Años antes, decidió montar una granja avícola en el chalé de sus padres. Vino de Sabadell un comercial de Hens, empresa que le montaba la infraestructura a cambio de que engordase los pollos con piensos suyos en exclusiva. Qué cara pondría cuando le dijo que iba a construirla en una pequeña explanada detrás del chalet, junto a la piscina.
Pérez y yo le buscábamos trabajo continuamente. Pero dar la cara por Josevi era temerario. En la fábrica de tableros de madera donde logramos que le contratasen llegó media hora tarde el primer día. Le dijo al encargado que no tenía la culpa de haberse dormido.Tardó en repetir la hazaña un día. Y en ser despedido fulminantemente, dos. Le paramos los pies cuando llegó a negociar con Salomon la apertura en Xàtiva de una tienda de deportes especializada en equipamiento de esquí. Le disuadimos de contactar con Burger King para abrir un local en la calle y plaza de San Cayetano. Sus aspiraciones basculaban entre abrir un floreciente negocio que, por supuesto, no atendería personalmente o que le contratase una galería de arte. Hartos de ver que repelía sistemáticamente nuestra ayuda, le hicimos un currículum. Decir que exageramos sobre alguna de sus aptitudes es decir poco. Sí que escribía bien. Y trabajó en un semanario local. Así que un día recibió una oferta para redactar los textos de una revista trimestral de los comercios asociados de un barrio de Valencia. Quedamos con él a las ocho de la mañana en el bar Curro, sabedores de que si no le llevábamos a rastras a la entrevista él no acudiría. Llegó tres cuartos de hora tarde, con una cara de alpargata que le llegaba a los pies. Subió al coche detrás, con Pérez al volante y yo de copiloto. Camino de Valencia, su cara de cabreo era teatral. Enfurruñado como un adolescente insatisfecho —valga la redundancia—, no abrió la boca en todo el viaje. Hasta que Pérez le espetó:
-Tranquilo, Josevi. ¡Tranquilo y alegra esa cara, que lo más seguro es que no te cojan!