OIGO CANTAR EN PORTUGUÉS POR PRIMERA VEZ EN NUESTRA DOMÉSTICA Y PEQUEÑA ÁGORA
FELIPE - SÉRVULO GONZÁLEZ VILLAR | ALOMA

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OIGO CANTAR EN PORTUGUÉS POR PRIMERA VEZ EN NUESTRA DOMÉSTICA Y PEQUEÑA ÁGORA



Hay un señor junto al estanco, toca la guitarra y canta preciosas canciones en portugués y como algunos de sus conciudadanos, parece un noble venido a menos. Las monedas que le depositan los viandantes son un mísero pago a su talento. Toda la nostalgia, la belleza y el arte del país hermano en sus maravillosos fados, por casi nada.

Coração feito em pedaços.

Por tua culpa desfeito.

Chora perdido em teus braços.

Bate dolente no peito.

Conmovedora «saudade». Caigo en la cuenta que es la primera vez que oigo cantar en ese idioma tan cercano y, a la vez, ignorado, en nuestra plaza, pequeña y doméstica ágora.

Pasan dos chicas jóvenes y agraciadas, una le dice a la otra que ese hombre canta en catalán antiguo.

La tierra, las manos, la lengua viva de los vecinos que no se comunican, los caminos y las canciones que se alojan en los espacios ventriculares. Tal vez otro milagro cuando llegue ocaso por poniente. Luminaria celeste y rosa que adivina rincones y que nos salva de la nada. Somos una historia, complemento de otras historias sin llegar amarlas.



Fenece el día y la plaza tiene un aspecto nostálgico y tristón ya en las horas finales de la feria.

Hay una caseta de bocadillos con salchichas XXL, una muchacha que adivina el futuro y que a esta hora se aburre, un puesto en el que se venden libros, donde la vendedora se queja, cómo no, de lo poco que lee la gente.

Un poco más allá, en una esquina, está el único lugar con alegría en este anochecer, ya que se venden los famosos “bollos preñados”. Al mirar la fila de veinte personas, uno tiene la certeza de que ya tienen la cena resuelta.

Los puestos de juguetes de artesanía son una imagen de la dignidad en este áspero mundo, en el que nos invade la modernidad malentendida que se lleva la imaginación de nuestros niños.

En los stands comerciales, cansadas de sonreír, algunas chicas jóvenes se arrebujan a esta hora, porque comienza el frío y sueñan con marchar a casa.

También hay un asador de pollos, un horno de pan gallego, una casi niña morena que, ¡oh prodigio!, convierte el azúcar, en algodón. Alfajores, empanadas, aceitunas, té moruno, bufandas, pendientes de plata y una noria para críos que es más que ecológica, pues la mueve el dueño con sus brazos.

Mañana, la castañera de siempre estará sola y los servicios de limpieza borrarán las huellas de la vida.