OJALÁ ME HUBIERA PUESTO LAS CAMPERAS
Cristina Navarro Soler | A todo que sí.

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Había llegado pronto al bar, y con la excusa de que con los nervios y los antidepresivos se me seca la boca, ya llevaba tres cervezas. Con los ojos chispeantes y sonriéndole a la nada, esperaba, impaciente, al hombre que podía cambiarlo todo.

De repente, algo distinto podía percibirse en el ambiente. Era él. Me miró de lejos y me lanzó una sonrisa cómplice, mientras se acercaba con determinación y elegancia, hipnotizándonos a todos los presentes con el taconeo de sus botas. Llevaba una camisa de corte western, de esas que valen una pasta, un cinturón de hebilla plateada y una chaqueta de piel marrón. Todo un cowboy. Me dio dos besos, mientras me agarraba suavemente de la cintura, extasiándome con su aroma embriagador; una mezcla de cuero, jazmín dulce y bourbon avainillado. Una combinación mortal que le prendió fuego a mi sistema límbico. Sentí un chispazo en el cerebro. Después de semejante entrada, quedé paralizada durante unos segundos, sentada frente a él, con la boca abierta y sin poder articular palabra. Me había tragado el chicle y creo que se me habían escapado unas gotas de pipí, intentando mantener la compostura ante semejante espectáculo. Qué hombre tan guapo. Pero guapo de verdad. Una belleza digna de un galán de Hollywood, atemporal.

Que sí, que ahora con tanto “retoque”, tanto gimnasio y tanto culto al “quítame de aquí y ponme allí”, todo el mundo es guapo. Sales a la calle y estás rodeado de guapos y de guapas. Bellezones por todas partes. Sin embargo, esto no es más que la evolución humana tratando de sobrevivir, intentando compensar el hecho de que cada vez somos más tontos. Es una cuestión de equilibrio. Nos tenemos que reproducir y, por lo tanto, atraer de alguna manera. Dentro de cuatro días la IA nos enseñará a pensar, pero a guapos no nos va a ganar nadie.

La cita fue i-m-p-r-e-s-i-o-n-a-n-t-e. Lástima que sólo lo fuera para mí. Porqué después de esa velada, el vaquero se esfumó, igual que se esfumaron las esperanzas de haber encontrado a mi John Wayne en tiempos de Maluma.

Nunca supe nada más de él. Pensaba que haríamos el amor bajo las estrellas del cielo de Dallas, y lo más cerca que voy estar del Lejano Oeste es el Far West de Port Aventura. Ojalá me hubiera puesto las camperas. Quizás entonces hubiera llegado a su corazón de cowboy, aunque sólo hubiera sido un poco.

Y así, con el corazón roto y en busca de consuelo, me dispongo a hacer lo que hacemos todos con el desamor: ahogar las penas.

Yo no sé las vuestras, pero las mías saben nadar bien y no se ahogan fácilmente. No sé quién diablos les ha enseñado a nadar así. Tengo que ir con cuidado, no vaya a ser que me ahogue yo antes que ellas.



“No murió de amor. Murió ahogada, intentando ahogar sus penas”.