Ojo
Berta Burguete Ors | Lucrecia

Votar

Espero que esto pueda compensar un poquito tu pérdida ―me dijo mi hermana cuando me lo regaló. Extendió una tarjeta con una dirección, fecha y hora. ―Ella te está esperando.

Atravesé un pasillo angosto y tras una pesada cortina de lo que en otro tiempo fue un terciopelo verde musgo, encontré a la vieja dormitando. Cuando le mostré la tarjeta, sonrió y me dio un pequeño estuche con un escueto rótulo: El ojo de los comienzos, decía.

―Cuídate al vestirlo: algunas veces duele― y sin darme mayores instrucciones sobre el uso del ojo, señaló la estancia en la que podría ponérmelo. Cuando lo hube hecho, me empujó con sus enjutas manos hacia la salida del lúgubre cuartucho.

En la calle, me deslumbró una luz inusitadamente brillante y pensé haber dado con los poderes de mi nuevo cristal. Hasta que fijé la vista en los zapatos de una pareja que caminaba de la mano. Ante mí se desplegó la imagen de un parque por el que ellos paseaban visiblemente más jóvenes. Por los roces de los dedos, adiviné que aquel ojo me estaba regalando su primer paseo.

Allá donde posaba la mirada, se desplegaba la primera vez de todo: vi nacer niños, los primeros dientes, las primeras palabras, las primeras lecturas, los primeros robos.

Sin querer posé la mirada en la pistola de un policía y se me ofreció la escena de un horroroso tiroteo, al mover la vista, vi a un hombre perdiendo los dientes ante el puñetazo de otro, vi el llanto desgarrado de una niña que ya era anciana. Y corrí, corrí a quitarme aquel ojo. Al entrar en el bar, me fijé en la chaqueta del camarero, Juan, decía. Mostró la palma de su mano en ademán de bienvenida, y cuando empezaba a proyectarse ante mí la imagen de esa misma mano acercando una extraña copa de cerveza para brindar con otra, corrí al baño: no quería ver más. Me acerqué al espejo, y me fijé en mi pecho, y me vi enamorada: nunca antes lo había estado, cerré los párpados porque quise reservar para un futuro presente el tesoro de ese momento. Pero aún pude oír una frase: ―Si te apetece tengo otra. Me apresuré a sustituir la magia de aquel artefacto por la vulgaridad del ojo que me dieron en el hospital. Juan, el camarero, me preguntó si estaba bien, se sentó conmigo y me hizo reír. Al cabo de un rato, me dijo: ―Voy a echar el cierre y nos quedamos aquí a tomarnos una.

Sacó las extrañas copas y me dijo: ― Si te apetece tengo otra.