883. OLFATO
LOLA SANABRIA GARCÍA | Petirroja

Yo siempre digo que el olfato es el mejor catador. Vas a la pescadería, te acercas a los boquerones, tiras de aire, y sabes cuántos días llevan fuera del mar. Lo mismo con los melones. Nada de hacer como si los fueras a espachurrar entre las manos, ni de golpearlos, sopesarlos y acercar el oído, ¡ni que los melones tuvieran ruido de tripas! Lo llevas a la nariz y ella te dice cuánto tiempo hace que lo cogieron del melonar.
Tengo ese don. Así que, cuando vino mi Elisa con el novio, la cogí en un aparte y le dije: «Te lo voy a decir muy clarito para que luego no te quejes de que no te lo advertí. Este tío huele a zángano». Pero ella, con tal de llevarle la contraria a su madre, se dejó preñar y hubo que casarla por el sindicato de las prisas. «Ahora apechuga con lo que has hecho», le solté mientras me empapaba la blusa de llanto. Y ahí anda, fregando escaleras para pagarle los vicios al marido, que ni de la hija se ocupa el muy gandul. A la niña la cuido yo. El olfato me dice que esta nieta mía acabará con el padre a golpe de plato, como hizo mi Elisa con el suyo. Cada vez que se echaba un novio, la niña se empeñada en hacer la comida. ¡Hay que ver la de sal que le ponía!. Una exageración. Pero es que a ella le faltaba. Yo rastreaba su cuerpo como una perra mientras le decía: «Hija, tú de salero, poco». Y ella, claro, las patatas con carne, saladas como bacalao. Cada dos por tres derribaba el padre la silla y, con el plato en alto y la intención de estrellarlo contra el aparador, soltaba «¡Me cago en….!». Nos quedábamos con el alma en vilo, temiendo que soltara una blasfemia, pero él sabía que conmigo no se podía tontear, que lo mandaba a dormir al sofá las noches que hicieran falta. «…tó lo que se menea», concluía. «¡Ah, bueno”, decía yo. Entonces él dejaba el plato sobre la mesa, se sentaba y removía la comida con la cuchara. Yo lo animaba a comer un poco porque le daba a la frasca y no era cuestión de que el vino le cayera en el estómago vacío. Algo le hacía tragar antes de que la niña se fuera para la cocina y escupiéramos el bocado en la servilleta. ¡Qué manera de echar sal!. «¿Cuándo se casa esta»”, quería saber el padre. «Ya no se casa. Lo ha dejado con el pasmado ese que estaba», le informaba. «Pues entonces no hay razón para que siga practicando.», aventuraba él. «¡Ah, no, de eso nada!, ella que siga aprendiendo», zanjaba yo. El pobre, con la tensión tan alta. amaneció un día tieso como un pajarito. Ni cuenta me di de que dormía con un muerto. Lo raro es que no oliera su muerte. Se ve que para eso no tengo olfato.