705. OPTIMISTA
Nuria Fernández Peña | Optimista

Optimista

Habían pasado un par de meses desde que me había dejado de aquella manera tan suya. «Me termino el vino y me voy» como me respuesta a mi patético discurso de siempre «Creo que no te gusto lo suficiente», se titulaba. Estábamos en mi casa, en el sofá con una botella de Cepas Viejas y la música de Pearl Jam acompañándonos. Le escribí a la mañana siguiente un escueto «Te echo de menos» al que contestó con un «No dramas» que he terminado tatuándome, in memoriam.
Reapareció entonces, dos meses después, para invitarme a cenar aquella misma noche y propuso pasar a recogerme (nunca lo había hecho) temprano. Estaba más guapo que nunca y me saludó con un beso en la boca que me descolocó y un «Estás preciosa» con el que ya lo tuvo todo ganado. Por el camino, su mano en mi muslo, las risas, la música… su coche una mágica cápsula del tiempo.
No fuimos muy lejos.
Cenamos en aquel Mexicano que tanto nos gustaba y nos bebimos una jarra de Margarita antes de que llegasen los entrantes. Todo era complicidad y aquella energía suya (nuestra) que a mí me despertaba mariposas de todos los colores seguía intacta. Bebimos demasiado, nos dimos algún beso y envalentonada le pregunté qué había pasado.
Te lo voy a explicar con una metáfora, me dijo. Cuando te conocí me sentí como quien entra por primera vez a un garito sin demasiadas pretensiones y se lleva una sorpresa: joder, qué decoración más chula, cómo me mola la música, qué buena está la camarera, vaya ambientazo. He encontrado mi sitio, aquí quiero venir todas las noches. Vas durante un tiempo y todo sigue siendo una maravilla y cada vez te sientes más a gusto hasta que un día ves una cucaracha. Le das poca importancia pero ahí está. Cada vez son más las cucarachas, las ves por todas partes. Un día te encuentras con que han despedido a la camarera. Al siguiente te dan garrafón y por fin el día que ponen pachanguita española decides no volver. Pues eso es lo que me pasó contigo.
Me reí, le felicité por la brillantez de la metáfora y brindamos por las cucarachas, el garrafón y la pachanguita española. Yo en estado puro, yo poco sensible, yo indestructible. Yo fachada.
Salimos del Mexicano como pudimos pero abrazados y entre besos y tropiezos llegamos al coche y nos fuimos a su casa. Pasamos la noche juntos, (cómo me gustaba aquel tío…) y dormimos abrazados. Mi almohada te ha extrañado mucho, me dijo. Me ha preguntado por ti sin descanso.
Me despertó muy temprano por la mañana y casi sin tiempo para un café y un pitillo me dejó en mi casa. Me dijo algo de un plan de fútbol con sus niños. No recuerdo.
Me preparé un café tranquila y llamé a mi amiga del alma, mi cómplice, mi confidente. Qué tal ha ido todo?, me dijo. Tía, hemos vuelto.
Nunca más supe de él.