1430. OPTIMISTAS AL PODER
Elvira Rodriguez Labrador | Elvi

Hace unos días leí que las personas optimistas son más felices. Recuerdo que estaba en el metro porque miré a mi alrededor y, por las caras de la gente que me acompañaba en el vagón, me di cuenta de que vivimos en un mundo de pesimistas. No quisiera yo juzgar a nadie, a mí también me sale alguna cana o me entra un retortijón cuando veo el telediario o la portera me pone al día de cómo va el país, pero tampoco se puede vivir así. Así que, después de darle vueltas todo el día, decidí aceptar la señal que me mandaba el mundo a través de la frase del azucarillo: “hoy es un buen día para empezar”.
Esa misma noche pensé que al día siguiente tendría un gran día (para atraer las buenas vibras) e intenté meditar, pero cuando quise darme cuenta estaba haciendo la lista de la compra, así que dejé lo de meditar para más adelante. Total, que al día siguiente me levanté antes de lo normal, me tomé un café en una taza que afirmaba que, si miras al suelo, no podrás ver el arco iris. Y yo salí de mi casa con la cabeza bien al-ta. ¡A tope de optimismo! Optimismo para todos, como diría Iniesta.
No quise dejarme influenciar por la lluvia torrencial que rompió mi paraguas en dos. ¡Total! Solo es un paraguas, solo es agua, ¡no es para tanto! Hice una parada en una pastelería antes de llegar a la oficina, para dar una sorpresa a mis compañeros. ¿Cómo iba a saber yo que la mayoría era alérgica al gluten, a la lactosa o a la fructosa? ¡No pasa nada! Me como yo los pasteles y problema solucionado. Sin embargo, mi optimismo se tambaleaba con el paso del día. Después de discutir con mi jefa, que se me rompiera la pantalla del móvil, que un coche me empapara al pasar junto a un charco, y que me hablara mal hasta la cajera del supermercado, terminé el día con mis amigas alrededor de la mesa del restaurante donde habíamos quedado para cenar.
Les conté mi día con pelos y señales y ellas confirmaron que el mundo era un lugar oscuro y cruel, pero que ellas también habían tenido un día horrible, que quizás estábamos dramatizando un poco, y que mañana sería mejor. Y allí, con la boca llena de croquetas, con el vaso lleno de cerveza, con el camarero tan mono guiñándome un ojo desde la barra (quizás era un tic, pero tampoco voy a sucumbir al pesimismo de golpe) me dije que no necesitaba ser más optimista. Que un día de terapia con amigas, alrededor de una mesa llena de comida, era todo lo que necesitaba para ser la persona más feliz del mundo.
Ay, qué bien sienta quejarse.