778. ÓRDAGO A QUEVEDO
Marcos Mendoza Ross | Ross

‘- ¡Mamacallos! – increpó uno.
– ¡Zurcefrenillos! – le espetó el otro.
– ¡Pisaverdes! – exclamó el primero.
– ¡Cagalindes! – sentenció el segundo.
El gran Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, conocido comúnmente como Francisco de Quevedo, se hallaba, una vez más, en una de tantas disputas en tabernas. Su estado, por supuesto, era el de embriaguez, si bien esto no era obstáculo para batirse en duelo a espada toledana como en otras tantas ocasiones había acontecido. Sin embargo, y a decir verdad, ni Quevedo ni su contrincante recordaban cómo ni por qué se había iniciado la discusión.
– Os proclamáis hidalgo, más, en realidad, sois un “hijodalgo” – se burló Quevedo de Frutos, el pobre infeliz al que le había tocado aguantar la murga del poeta.
– Si tantos hígados tenéis, resolvamos esta disputa con una afrenta ejemplar – le retó el gañán.
– ¡Usemos el acero si es menester!
– ¡Nada de mandobles! Mi propuesta camina por otros lares; Yo mismo os pagaré diez rondas del mejor vino de Valdepeñas si vuestra honorable merced – irónico – le expone a la mismísima reina su cojera.
– No se hable más, ¡acepto el reto! – respondió Quevedo, aguantándose en pie con la ayuda de otros dos beodos que andaban por allí – Y doblo la apuesta; Si la reina no me da las gracias por exponerle su malformación, seré yo quien os pague veinte rondas a uced.
– ¡Dicho queda ante todos estos borrachos!
Ante lo que cualquier persona cuerda podría tomar como “estar en una encrucijada de narices”, para nuestro querido Quevedo no era más que otra motivación artística. Así pues, se presentó unos días después en el Real Alcázar, ante más de doscientos invitados que serían testigos de lo que estaba a punto de hacer.
Con dos flores en sus manos, se acercó ante la monarca y dijo:
“Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja”
Algunos de los presentes, sabedores de la apuesta, contuvieron la risa como buenamente les fue posible. La reina escogió el clavel, y le agradeció cuan bonito gesto al poeta.
Unos días después regresó a la taberna, donde Frutos pagó la apuesta perdida. Quevedo utilizó este vino para embriagarse de nuevo y acabó, cómo no, inmiscuido en otra disputa de beodos.