600. ORGULLO DE HIJO
David Ibernia Etayo | D.I.E

De joven quise ser cantautor, a lo Serrat o Melendi, cambiar el mundo con mi guitarra y mis letras llenas de amabilidad y conciencia social, el problema es que tengo voz de pito y soy manco.

Aunque me dispuse a superar mis barreras, lo que definitivamente me hizo abandonar la idea fue el sutil comentario de mi padre en mi primer recital de poesía: “Eres una pobre nenaza sin un duro, qué vergüenza de hijo”.

Lo de pobre era indiscutible, todos los intentos de transmitir mensajes que cambiaran el mundo a mejor me habían llevado por los caminos de la precariedad. La verdad es que mi padre, aunque era un ignorante en lo que a emociones se refiere (la muerte de mi madre a manos de aquellas gaviotas no ayudó), hizo que se desviviera para que de pequeño tuviera una pizarra con la que poder comunicarme y un garfio con el que poder comer pescado. Aunque a finales del siglo XXI ya teníamos todo tipo de prótesis, estos utensilios de otra época me harían un hombre, o al menos, eso pensaba él.

Todas sus pretensiones de convertirse en un hombre rico tornaron en rabia hacia mí, su hijo, ya que nunca lo sacaría de pobre.

Así que me alejé de él, pensando que nunca más querría volver a verlo, hasta aquel día…

Ese día encontré una oferta de trabajo dentro de una galleta de la suerte en el restaurante chino del barrio; y aunque miré por todas partes buscando una cámara oculta, ¡aquello parecía de verdad!. Ofrecían estar en un punto de la ciudad un día y a una hora en concreto, y allí me explicarían en qué consistiría el empleo.

No tenía nada que perder, así que me presenté pensando que habría una cola de pobres desgraciados como yo, pero no había nadie.

Puntualmente me sentaron en una silla frente a un altavoz que me explicó que en la habitación de al lado había un agujero por el que aparecería un pene al que habría que hacerle una felación; al parecer era el candidato ideal porque era una persona con principios, y eso era lo que precisamente, algunos millonarios querían comprar.

Me ofrecieron cien mil euros y me levanté de allí indignado diciendo que yo no era ningún puto, algo después me ofrecieron un millón de euros, así que me volví a sentar y reclamé pasta y un cepillo de dientes para después del trabajo, en eso sería tajante.

Después de aquello lo primero que hice fue comprarme un BMW e ir a ver a mi padre, no podía esperar a ver su cara de sorpresa y orgullo.

La sorpresa me la llevé yo cuando vi que él se había mudado a una mansión y tenía varios coches de lujo en el patio. Mi coche quedó ensombrecido por todo aquello y al preguntarle cómo se había hecho así de millonario me contestó: “¡Solo he tenido que meter la polla en un agujero!”.