OTRA HISTORIA
Rafa Chinarro González | Void

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Bajé un escalón para estar a su altura y me di la vuelta. Nos miramos a los ojos: esa fue toda la magia. Mientras metía mi lengua en su boca sujeté su culo con las dos manos, acunando sus curvas. Ella sonrió: Si hubieras tardado más te hubiera besado yo, dijo.

No nos queríamos, no había amor, no hubo chispazos, ni temblores en el corazón. No hubo apneas, ni fuegos artificiales. No fue un cuento. No fue una película. Fue una cita en la vida real: Encontrarse, ir a dar un paseo, recorrer paisajes mientras nos conocíamos, palabra tras palabra, dichas por vez primera en voz alta.

Sí, dije, o quizá fue ella, o dijimos ambos. Decidimos continuar juntos un rato más y cenamos cerca de la playa. Ella miraba mis ojos, yo no podía dejar de observar sus labios: se lo confesé.

Risas.

Tampoco la cama se transformó en un lecho de rosas sin espinas, en una espiral de electricidad, un torbellino de sensaciones con música sonando mientras nuestras manos se entrelazaban. Éramos dos cuerpos que se conocían por primera vez, buscándose labios y agujeros, con miedo, con timidez y con dudas. Ella no se corrió, yo tampoco.

No vibró ese orgasmo conjunto que nos enseñan en las películas y en las series de televisión. Porque las primeras citas no son sueños, ni explosiones en el corazón, ni sentimientos sangrando la piel o lágrimas de felicidad inmensa. Son vida, son risas y misterios, son prueba y error, son búsquedas. Y muchas veces, en ellas, no encuentras nada más que mentiras y suciedad. Y cuando acaban no queda más que una cama sudada y dos labios secos de recorrer pieles ajenas.

Muchas veces.

Aunque aquella primera cita fue una excepción. Y se repitió. Y hubo una segunda y una tercera… Pero esa es otra historia que ahora no ha de contarse.