OUIJA
Víctor Martín Rodríguez | John Doe

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Tenemos nuestras tareas divididas: dos traen cervezas; uno velas; otro, si aparece, ya es todo un logro… ¿Qué llevo yo? Una ouija.

Quedamos cerca de un hospital abandonado. Bebemos, reímos, evitamos que se note nuestro nerviosismo. Nos envalentonamos entre nosotros, achacamos el temblor de manos al frío. Mientras anochece la cencellada surge, la niebla nos oculta de miradas curiosas: nos convertimos en siluetas desdibujadas de aquellos que perecieron por tuberculosis. ¡Espectros!

Miro el reloj: «Es la hora». Nos adentramos con paso vacilante. Ya no hacemos bromas. El flash de nuestros móviles brilla partiendo en dos la niebla; estocadas luminosas abriéndonos paso.

Al cruzar el umbral del hospital la atmósfera cambia: el aire es denso, pesa sobre nuestros hombros. Nos sentimos observados: pelos como escarpias……

Paredes con la pintura desconchada, vegetación fusionándose con un mobiliario ennegrecido y podrido por la humedad; esporas de moho se elevan con cada pisada. Cruzamos el recibidor hasta acceder a una de las habitaciones. Yo elijo cuál.

Una ventana con rejilla, somieres desvencijados y un armario con las puertas desencoladas se convierten en nuestra «sala de juegos». Encendemos las velas, saco la ouija de la mochila y nos sentamos a su alrededor. Coloco un vaso sobre el tablero. Todos apoyamos un dedo en él. Silencio sepulcral, nos miramos.

—¿Hay alguien aquí? —pregunto en voz alta.

Observamos el entorno. Las velas proyectan nuestras estilizadas sombras sobre las paredes. Desconfianza y temor a partes iguales……

—Si hay alguien aquí, ¡que responda!

—Pooor favor —añade otro con un hilo de voz.

Notamos cómo se desliza suavemente el vaso… Recorre el tablero, nuestros ojos dan fe de ello: «Mi hijo —forman las letras—. ¿Y mi hijo?».

—¡Ja! —exclamo excitado—. Muy graciosos… ¿Quién está empujando el vaso?

Una ráfaga de viento extingue casi todas las llamas. Las bisagras del armario chirrían, todos nos giramos. Un sonido gutural sale de su interior; una mano se desliza por el canto.

—¡Ostia bro! —exclama uno.

—No… ¡No quitéis el dedo del vaso! ¡No rompáis el vínculo!

—¡Los cojones! —farfulla otro.

Gritan, hacen aspavientos, sus caras palidecen. Huyen despavoridos, sus sombras los acompañan… Queda un único dedo en el vaso: el mío.

Aguanto unos segundos. Río a carcajadas: «Ha salido mejor de lo que esperaba».

—¡Ya puedes salir! Menudos acojonados… Te lo dije, se iban a mear encima.

Al instante suena mi móvil. Respondo:

—¿Para qué me llamas? ¿Qué haces?

—¿Qué haces tú? Llevo veinte minutos pasando frío en este armario que huele a muerto y no aparecéis. Y de repente escucho gritos.

—Deja la coña. Venga, sal Néstor, que nos piramos.

—¿Qué dices? Si estoy con estos, afuera.

La madera cruje. Miro al armario. Una silueta se desliza directa hacia mí. Levita, las velas no proyectan su sombra. El vaso empieza a moverse: «¿Y mi hijo? Mi hijo…».

Mis pupilas se dilatan, mi rostro se deforma del pavor, las velas se apagan. El vaso estalla.

«¡Hijo mío! Ven», escucha Néstor a través del altavoz.